LA CÓRDOBA DE BLAS INFANTE
Pocas
ciudades andaluzas concentraron, en tan poco tiempo, tantos acontecimientos,
encuentros e iniciativas decisivos para la construcción de la conciencia
andaluza. Uno de los hombres que mejor comprendió ese papel fue Blas Infante.
En La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía
escribió: «Sevilla no es la ciudad ideal para iniciar una insurrección; más
condiciones reúne Córdoba, por ser ésta la reserva espiritual de Andalucía».
No era una
frase casual. Infante veía en Córdoba un lugar privilegiado para pensar
Andalucía y hacer avanzar su conciencia colectiva. Aquí se celebraron las
asambleas andalucistas de 1919 y 1933, se debatieron proyectos políticos y se
encontraron personas que compartían una misma aspiración: que Andalucía tomara
conciencia de sí misma para transformar su destino.
Detrás del
político, del pensador y del andalucista, había un hombre que aprendió a mirar. Miró a los
niños de su pueblo y descubrió la pobreza; a los jóvenes obligados a emigrar y
a los jornaleros condenados a la desigualdad. Comprendió que aquella realidad
no podía serle ajena. Podía haber elegido el tener —dinero, poder, prestigio—,
pero eligió el ser. Y cuando el ser se hace consciente, deja de encerrarse en
uno mismo y se transforma en compromiso con los demás.
El yo se
convierte en nosotros. Así, la mirada de Infante fue transformándose en
conciencia, y esa conciencia descubrió Andalucía. No una Andalucía de tópicos,
sino una Andalucía real, con historia, cultura y personalidad propias, pero
también marcada por la pobreza, la desigualdad, la explotación y la emigración.
Infante la
contempló, la escuchó, la sintió y la pensó. Y llegó a una conclusión que
marcaría toda su trayectoria: Andalucía necesitaba tomar conciencia de sí misma
para transformar su destino. De ahí surgió el andalucismo histórico. No como una
simple reivindicación administrativa, sino como expresión de la conciencia
soberana de un pueblo y de su voluntad de liberación.
Pero aquella
Andalucía soñada por Infante no era una Andalucía cerrada sobre sí misma. Era
una Andalucía abierta, fraterna y solidaria, capaz de reconocerse sin negar al
otro.
La
conciencia que comenzó a despertar en aquel niño de Casares encontró en Córdoba
uno de sus grandes espacios de expresión. Aquí se hizo pensamiento, proyecto y
encuentro. Aquí contribuyó a convertirse en conciencia colectiva.
Noventa y
tres años después de la Asamblea de Córdoba de 1933, que aprobó el Anteproyecto
de Autonomía para Andalucía, aquellas palabras vuelven a cobrar sentido. Córdoba
abre de nuevo sus puertas al andalucismo. No es la primera vez: en 1997 acogió
el VIII Congreso de la Fundación Blas Infante, dedicado al Andalucismo
Histórico. Veintinueve años después, volvemos a encontrarnos en esta ciudad
para reflexionar sobre «Los pilares del andalucismo», en el XIX Congreso de la
Fundación Blas Infante, que se celebrará del 15 al 17 de octubre en
colaboración con la Universidad de Córdoba. Sus cuatro sesiones abordarán el
soberanismo como pilar andalucista, la solidaridad internacionalista, el
humanismo del andalucismo y las músicas populares.
En tiempos
en que vuelven a cuestionarse derechos y valores que creíamos conquistados,
conviene reivindicar el legado de Blas Infante y, sobre todo, la dimensión
profundamente humana de su pensamiento: «Mi nacionalismo, antes que andaluz, es
humano». Una convicción que expresó también en una de sus afirmaciones más
luminosas: «En Andalucía no hay extranjeros».
Y quizá por
eso, cuando hablamos de Córdoba como capital del andalucismo, no hablamos
solamente de una ciudad que fue escenario de nuestra historia. Hablamos de una
ciudad donde Andalucía aprendió a mirarse a sí misma y, al mismo tiempo, a
mirar al mundo.
Córdoba, 10
de octubre de 2026
Miguel
Santiago Losada
Profesor y escritor
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