lunes, 14 de enero de 2019

SEA POR ANDALUCÍA LIBRE


                  El pasado 27 de diciembre me puse frente al televisor para ver la constitución del Parlamento de Andalucía. Me generó un sentimiento de dolor e indignación al ver cómo la nueva presidenta del Parlamento, del partido de Ciudadanos y con los votos del PP y VOX, cambiaba sobre la marcha el protocolo a la hora de prometer o jurar los cargos públicos las diferentes personas elegidas como parlamentarias en las pasadas elecciones. Ello permitió que los parlamentarios de VOX no tuviesen que retratarse a la hora de asumir su compromiso como parlamentarios andaluces prometiendo o jurando con la mano sobre el Estatuto de Autonomía, en señal de respeto y aceptación de nuestra carta magna andaluza. Fue una auténtica vergüenza y un agravio para la actual Andalucía y para los millones de andaluces que hemos salido en multitud de ocasiones enarbolando la verde y blanca, como señal de identidad, denunciando, a la vez que reclamando, los derechos humanos usurpados tanto a nuestro pueblo como a los de otras naciones o continentes. Nuestra arbonaida siempre ha sido un símbolo inclusivo que proclama la dignidad de todas las personas. Por eso nuestra tierra es universal, como cierra nuestro himno: ¡Sea por Andalucía, España y la Humanidad!
Para este nacionalismo español xenófobo y excluyente las 769 personas que han perdido la vida en el mar tratando de alcanzar las costas andaluzas, un 344 % más que en todo el 2017, según las últimas cifras publicadas por la ONU, no son los descendientes de Fernando III o los Reyes Católicos, sino de Abderramán I o al-Hakam II, o sea, según ellos, infieles extranjeros que pueden hacer peligrar nuestra convivencia basada en el nacionalcatolicismo. Este nacionalismo proclama mensajes de miedo y terror a lo diferente, a lo que no sea hombre, blanco, católico, heterosexual, nacionalista español. Son personas que han usurpado la bandera representativa del Estado, y cuando llegan al poder juran por España. ¿Por qué España? ¿Por la excluyente: por la de las expulsiones de judíos, moros, no católicos, gitanos, republicanos…? ¿Por la España de la Inquisición, que ha mandado a la hoguera a miles de personas por defender su libertad de conciencia, su rebeldía, sus ideales? ¿La España nación que niega la realidad de sus diferentes pueblos, lenguas o culturas? ¿La antigua España una, grande y libre, impuesta a través de sanguinarios golpes de Estado, o la España basada en una moral católica que nada tiene que ver con el verdadero espíritu del Evangelio de Jesús de Nazaret?
La realidad es que somos hijos de Eritheia, Argantonio, Claudio Marcelo, Séneca, Lucano, Trajano, Adriano, Osio, Rodrigo, Abderramán III, Walada, Averroes y Maimónides, Fernando III, Isabel y Juana, y hasta del extranjero Carlos V que mutiló nuestros dos grandes monumentos andalusíes: la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada. ¿A qué viene querer simplificar nuestra historia, ningunearla, negarla? Es muy importante impedir que nos borren nuestra memoria histórica los secuaces de Trump, Le Pen, Bolsonaro, Salvini… La falta de memoria y de conocimiento genera miedo, y el miedo provoca odio y el odio violencia. No permitamos que el futuro de nuestros hijos e hijas se forje en las manos de quienes no creen en los derechos humanos. Defendamos el espíritu universal, acogedor y solidario que siempre emanó de nuestra tierra andaluza.
                                                                                              Córdoba, 6 de enero de 2019
   Miguel Santiago Losada
                                                                                                     Profesor y escritor


domingo, 6 de enero de 2019

Sueños ahogados

EL NIÑO Y LA BESTIA


                     Según nos dicen las Sagradas Escrituras el niño crecía en sabiduría y bondad. Una sabiduría que le hacía tener los ojos bien abiertos para conocer la realidad y un amor para dedicarse a lo más débil, sencillo y excluido de la sociedad. El niño observaba cómo las legiones romanas maltrataban a su pueblo, sometiéndolo y provocando todo tipo de víctimas, careciendo incluso de escrúpulos a la hora de matar a los más pequeños e indefensos. El niño examinaba con sus propios ojos como los publicanos, juristas y escribanos se cebaban contra las personas más necesitadas, cobrándoles unos impuestos abusivos mientras ellos vivían con todo tipo de lujos, sometiéndolas a unas leyes injustas y condenándolas a la extrema miseria, exclusión y desamparo. El niño percibía cómo los sacerdotes vivían con los mayores lujos de la época, palacios y buenos recaudos, veía cómo habían hecho del templo un mercado, una auténtica cueva de ladrones, donde se tomaba el nombre de Dios en vano. Sus ojos contemplaban cómo se menospreciaba al extranjero, expulsándolo y considerándolo un intruso indeseable, cómo se maltrataba a la mujer en una sociedad patriarcal en la que ocupaba el último eslabón de la cadena, cómo los enfermos, leprosos o con trastornos mentales, eran tratados como impuros, endemoniados y apestados de la sociedad. Desde niño aprendió que todas esas violaciones a los derechos humanos no marcaban el camino para desarrollar el verdadero sentido de la humanidad.

Cuándo fue mayor puso en práctica, con sus dichos y hechos, todo lo que había aprendido gracias a una bondad que llenaba sus entrañas de las mejores intenciones, como el manantial que recoge la mejor agua cristalina para saciar la sed, en este caso sed de humanidad, justicia, igualdad y amor. Y con su comunidad de mujeres y hombres se puso a proclamar a las personas empobrecidas la buena noticia: “para dar la libertad a los oprimidos” (Lc. 4,18).

Este estilo de vida le llevaría a chocar frontalmente con una gran bestia de múltiples cabezas. Una cabeza lucía una enorme corona de oro y piedras preciosas, otra portaba una enorme mitra bordada con bellas sedas, y una tercera aparecía envuelta con banderas y pendones provenientes de legiones y de la clase social que se cree dueña del pueblo. La bestia con todo su poder, basado en la exclusión, la desigualdad, la xenofobia y la destrucción de la naturaleza mató al profeta, al niño que creció en sabiduría y bondad, e hicieron creer que era culpable por unos actos solidarios contrarios al poder y a los poderosos que usan su fuerza para excluir y matar.

Pero el espíritu de aquel profeta, de aquel niño, no lograron exterminarlo. Y comenzó a brotar en miles de seres humanos a lo largo de los siglos dando de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, de acoger al extranjero, de visitar al preso, de acompañar al enfermo. Mientras, la bestia se sigue removiendo y dando zarpazos cada vez que tiene una oportunidad. No le tengamos miedo a la bestia. Luchemos con toda nuestra fuerza por la libertad, la igualdad y la fraternidad, y dejemos crecer lo mejor de nuestras entrañas para abrazar y besar, la mejor medicina para cualquier ser humano.
                                                                                  Córdoba, 14 de diciembre de 2018
                                                                                        Miguel Santiago Losada
                                                                                                    Profesor