martes, 28 de enero de 2020

DIGNIFICADOS POR LA ABUELA DE BARBATE


        
Le Preguntaron al gran matemático árabe Al-Khawarizmi del siglo IX, considerado el padre del álgebra e instructor de nuestro sistema de numeración denominado arábigo, sobre el valor del ser humano, y éste respondió: “Si tiene ética, entonces su valor es 1. Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será 10. Si también es rico, súmele otro 0 y será 100. Si por sobre todo eso es además, una bella persona, agréguele otro 0 y su valor será 1000. Pero, si pierde el 1, que corresponde a la ética, perderá todo su valor pues, solamente le quedarán los ceros. Así de sencillo”. Podríamos resumir tal enseñanza con las palabras del andalusí Ibn Arabi que dos siglos más tarde escribió: mi religión es el amor”.
Cuando vi en la televisión pública andaluza la conmovedora historia de Rosario recordé a estos dos magníficos sabios de la Edad Media. Una mujer viuda que acude cada mañana a limpiar el nicho de un niño congoleño ahogado en el Estrecho. Vecina de Barbate, un pueblo que sufre el empobrecimiento social y cuyas costas recibe los cuerpos de las personas ahogadas por intentar cruzar hacia la orilla norte del Mediterráneo. Rosario, con 600 euros de pensión, se topó con la dura realidad del pequeño Samuel, ahogado en su travesía del Estrecho, y no dudó en costearle el nicho lo que le supuso no tener ni para comer. Desde entonces, todas las mañanas visita y limpia la lápida del niño que ha adoptado como nieto después de muerto. Esta historia, de profunda y entrañable solidaridad, me recuerda al texto evangélico de Lc 21,1-4: Jesús estaba en el templo, y vio cómo algunos ricos ponían dinero en las cajas de las ofrendas. También vio a una viuda que echó dos moneditas de muy poco valor. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: -Les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos. Porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo lo que tenía para vivir”.
La otra cara de esta moneda de la vida fue protagonizada por la diputada Aina Vidal, de En Comú Podem,  que en la primera votación para la investidura de la presidencia del Gobierno no pudo acudir al Congreso por la enfermedad que padece, un cáncer agresivo que le provoca fuertes dolores. Tras las palabras de agradecimiento y ánimo que le brindó el líder de Unidas Podemos, todo el hemiciclo le dio un emotivo aplauso en el Congreso de los Diputados ante su presencia en la sesión en la que fue elegido presidente Pedro Sánchez, a excepción de los diputados de Vox, que se quedaron inmóviles, sin emitir aplausos y realizar ninguna muestra de humanidad hacia Aina. ¿Ante este hecho de inhumanidad los jerarcas católicos no piden que se rece para ablandar los corazones y crear un mundo mejor, más justo e igualitario?
Me sumo a las palabras de mi amigo y gran teólogo José María Castillo cuando pregunta: “¿cómo se explica que quienes más defienden la enseñanza de la religión en la escuela y en los planes de estudio, ésos precisamente son los que más insultan a quienes se oponen a lo que ellos dicen, los que más ofenden a sus adversarios, los que siembran más odio y resentimiento? De lo que resulta que quienes más propugnan el cristianismo, ésos son lo que demuestran comportamientos tan anticristianos, que, en problemas que interesan o preocupan mucho a la gente, defienden y difunden lo que más daña a esa pobre gente”. Nada que ver con la viuda pobre del templo del evangelio ni con la viuda pobre de Barbate. Lo primero se llama fariseísmo, lo segundo cristianismo.

Hay obispos que nos piden que recemos porque ven amenazados sus privilegios, beneficios económicos e inmatriculaciones. Por el contrario, estos obispos no han pedido oraciones ante los abusos que se han cometido en el trato dado a los niños, a las mujeres, a los inmigrantes, a las persona por su orientación sexual, y a tanta gente que sufre indefensa las violaciones a los derechos humanos. Son los mismos obispos que hablan públicamente contra el papa Francisco y callan ante los corruptos.
Abramos  nuestros corazones a las actitudes de las viudas que hacen realidad el mensaje de Jesús de Nazaret y cerrémoslo con los que desprecian lo más sensible y genuino del ser humano.





Rosario limpiando el nicho de Samuel, niño de seis años naufragado en el Estrecho. Twitter


lunes, 20 de enero de 2020

SANTOS INOCENTES


         “Me tiene a mí” fue la respuesta del pequeño Mohammed a la situación de orfandad de Osama. Osama es un niño de once años que se quedó sin madre cuando solo tenía cinco. Su padre no quiso saber nada y su abuela con muchas dificultades familiares apenas pudo asumir su crianza. Él nos llena de besos cada vez que nos ve. Con su afectividad pretende adoptarnos como padres, como la familia que él necesita, la familia que todo niño de este mundo debe tener para  sentirse amado y seguro. Las dos condiciones necesarias para el desarrollo psicológico y biológico de cualquier ser humano.

            Hay muchos Osama por el mundo, muchos Abdulá, muchas Rachida, muchas Diara,  muchos Keita, muchas Zama… No acabaríamos nunca con el listado de niños y niñas sin protección y amor. Niños y niñas que desde su cruda realidad claman por un mundo más fraterno y solidario que los acoja y les dé la oportunidad que no tuvieron al nacer, sea cual fuese  su lugar de origen, su sexo, su cultura, su religión o su etnia.

            Mientras en cualquier rincón del planeta nacen seres humanos, exactamente igual que nosotros, con la misma genética que nosotros, con las mismas necesidades y sueños que nosotros, con la misma sangre roja que nosotros, en los países del llamado Primer Mundo cada vez más se está fraguando un argumentario político desde el falseamiento y la manipulación, estableciendo relaciones maliciosas entre inmigración  y delincuencia urbana, entre inmigración y deterioro de los servicios públicos de protección. Con este discurso mentiroso, inhumano y xenófobo pretenden sacar rentabilidad electoral tocando los bajos fondos. Todas las personas tenemos nuestras entrañas, nuestro intestino delgado, que nos alimenta con los mejores nutrientes obtenidos en la digestión; y nuestro intestino grueso, que fabrica las heces, los productos de deshecho que hay que eliminar ya que, de lo contrario, el daño sería irreparable. Estos discursos racistas sacan lo peor de nuestras entrañas: nuestra basura, lo contrario al rico alimento que nos da salud y años de vida. No olvidemos que los adultos somos responsables de las entrañas que nos dejamos tocar.

            La xenofobia (rechazo al extranjeros, migrante), la aporofobia (rechazo al pobre), homofobia (rechazo a la orientación homosexual), misoginia (aversión a las mujeres), etc. son las enfermedades sociales que provocan la muerte del ser humano.

            Volviendo al inicio, ¿cuántos Osama o Keita están en el centro de menores del barrio de la Macarena de Sevilla? ¿Cuántos Osama o Mohammed están el centro de menores de Lucena? ¿Cuántos Osama o Abdulá están en el centro de menores de Hortaleza? Centros de menores señalados y acusados por la ultaderecha de tener niños y jóvenes criminales, de ser los responsables de la inseguridad ciudadana, en definitiva de ponernos en peligro. ¿De verdad pensamos que un grupito de chavalitos pueden poner en peligro a un barrio de más de 20.000 habitantes o a una población de más de 40.000 personas? Si es así es que estamos enfermos de fobias, que como enfermedad inmune se pone en contra de nuestra propia naturaleza. En este caso de niños y jóvenes.

Para que no broten nuestros más bajos instintos hay varios remedios que actúan como medicamentos infalibles: información, sentido común y ternura. Ahora más que nunca se demuestra que la desinformación debilita la democracia y por eso son necesarios medios que desvelan esas trampas. Ahora más que nunca hay que aplicar el sentido común de poner a la persona y a los derechos humanos en el centro, de dejar brotar la ternura hacia lo más pequeño e indefenso.

            El cantautor Rafael Amor compuso una bella canción que es conveniente recordar siempre y, sobre todo, en estas fechas donde se le cantan villancicos a un niño extranjero que nació hace dos mil años: “No me llames extranjero, porque haya nacido lejos, o por que tenga otro nombre la tierra de dónde vengo (…) No me llames extranjero, porque tu pan y tu fuego, calman mi hambre y frío, y me cobije tu techo (…) No me llames extranjero mira tu niño y el mío, como corren de la mano hasta el final del sendero (…) No me llames extranjero, mírame bien a los ojos, mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo, y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero”. Ojalá que, como el pequeño Mohammed, digamos: ¡Nos tienen a nosotros!

                                                                                  Córdoba, 20 de diciembre de 2019
                                                                                         Miguel Santiago Losada
                                                                                               Profesor y escritor

viernes, 3 de enero de 2020

MEMORIA DE CARMEN (MUJER, GITANA Y ANDALUZA)


                    Carmen nació durante la monarquía de Alfonso XII, el general Primo de Rivera aún no había dado el golpe de Estado en 1923. De niña vivió con su familia numerosa en unas condiciones muy deplorables, buscándose la vida como podían. Iban de acá para allá recorriendo los campos andaluces, donde en más de una ocasión su familia fue interceptada por la Guardia Civil. Se dedicaban a recoger cosechas de trigo, cebada o aceituna. Podríamos decir que subsistían sin pensar más allá del día de mañana. Su penuria económica solo daba para la supervivencia. A veces, cuando la situación lo requería, pedían limosna. No pisó ningún colegio, como la inmensa mayoría de los niños de la época. La vida se le hacía menos cuesta arriba por el cariño que sentía de sus abuelos, padres y hermanos. Era la pequeña de la extensa familia.

            De joven durante la república pudo trabajar con más asiduidad en la venta ambulante con unas ganancias que les permitieron vivir más holgadamente, e incluso llegaron a habitar un caserón a las afueras del pueblo. El 18 de julio de 1936 era una mujer casada y con su primer hijo. La guerra y la posguerra fueron muy duras para su familia y para ella. El régimen franquista les prohibió la venta ambulante, de la que vivían, sufriendo un fuerte acoso por parte de la Guardia Civil. No sólo vio con sus propios ojos los malos tratos a los que sometieron a su padre y hermanos, sino que los padeció en su propia carne en más de una ocasión. El peor momento fue cuando la encarcelaron por el supuesto collar robado en la casa donde servía, cargaba con el estigma de ser gitana. Sufrió en la cárcel las vejaciones inherentes a las que eran sometidas las mujeres republicanas, la raparon y a punto estuvieron de quitarle su segundo hijo. Vivió cómo mandaban al paredón a algunas mujeres que compartían celda con ella, acusadas de rojas y traidoras de la patria. Mujeres condenadas por el régimen nacionalcatólico al infierno, ya que solo llegarían a los altares aquellas mujeres fusiladas por armas no bendecidas por el clero.

Cuando salió de la cárcel, tras nueve meses entre rejas, su etnia gitana había sido incorporada para mayor humillación a la ley franquista de vagos y maleantes. Las autoridades de la época tenían controlados todos los movimientos de las personas residentes en España. Las familias gitanas por sus actividades (tratantes de animales, herreros, artistas) eran difíciles de controlar. Sufrieron tal represión, que no se conocía otra mayor desde el reinado de Fernando VI. Dos siglos antes, una real orden del 30 de julio de 1749, pretendía exterminar al pueblo gitano. Nueve mil personas fueron encarceladas. Los hombres fueron trasladados, sin juicio alguno, a los arsenales de La Carraca (Cádiz), Cartagena y La Graña (El Ferrol). Las mujeres, junto con sus hijos pequeños, fueron trasladadas principalmente a Málaga, Sevilla, Denia y Ciudad Rodrigo. En Córdoba, durante la Gran Redada, dos niñas de 18 meses y 5 años, respectivamente, murieron mientras sus madres estaban presas en la Torre de La Calahorra, donde según algunas fuentes llevaron a todas las mujeres. La Calahorra fue, durante gran parte del siglo XVIII una prisión y aquella noche varias decenas de gitanas ocuparon sus celdas.

En los años cincuenta, en pleno éxodo poblacional del campo a la ciudad, Carmen se marchó a vivir a Córdoba con su familia. Habitaron en un chozo, de tantos que circundaban la ciudad. En los años sesenta el ministerio de la vivienda le ofertó un  albergue provisional en la barriada de las Moreras. Allí fue envejeciendo, ya viuda, con sus hijos y nietos. En 1975, cuando murió Franco, quemó romero para que con él se fuesen los malos espíritus.

Con muchos achaques llegó a 1980, y el 28 de febrero fue a votar por su gente y por su tierra. Sin entender muy bien el referéndum, intuyó que era algo bueno votar sí. El símbolo de la rojigualda, que representa el poder de la monarquía y del franquismo, significaba para ella desprecio, humillación, sufrimiento y exclusión. En la verdiblanca, que ondeaba en su pequeñito patio de su casa portátil desde 1977, buscaba la paz duradera y la esperanza de un futuro mejor para los suyos y todo el mundo.

Tuve la suerte de presenciar su voto en el colegio electoral. Llegó al mediodía casi sin poder andar, se encontraba muy limitada, con su papeleta del sí en la mano tuvo la mala suerte de que se le olvidó el carnet de identidad. El presidente de la mesa, sintiéndolo mucho, no le permitió votar. A la hora volvía, con su identificación, casi sin fuerzas y cuando depositó el voto dijo: ¡por mi Andalucía!

Carmen, mujer, gitana y andaluza, fue desde ese momento mi madrina en el andalucismo que ahonda sus raíces en el pueblo y hace ondear la bandera de las reivindicaciones y de la dignidad. 

                                                                           Córdoba, 19 de diciembre de 2019
                                                                                  Miguel Santiago Losada
                                                                       Profesor y miembro de Andalucía Viva