domingo, 25 de abril de 2021

¿CUÁNTOS VÍA CRUCIS TIENEN QUE PASAR?

 

El pasado 21 de marzo fue el día internacional contra el racismo y la xenofobia.  En pleno siglo XXI seguimos necesitando un calendario con días que nos recuerden los derechos humanos y la solidaridad. A comienzos del pasado año fallecía Nabody, un bebé de dos años que llegó a Canarias en patera. No pudo resistir las duras condiciones del viaje y la tardanza humanitaria del rescate. Un año antes, Sephora, bebé de trece meses, era arrebatada por una ola en la costa de Canarias, después de cinco días de viaje sin comida ni bebida. Sephora es la primera migrante identificada en un cementerio, veintiséis años después de la llegada de la primera patera a las costas isleñas. Terminaba el año 2020 con el grito de dolor de una madre que, tras ser rescatada en mitad del Mediterráneo, buscaba a su hijo Joseph. Una tragedia que estremece a cualquier alma sensible ante su angustia y dolor: ¿Dónde está mi bebé?, ¡No sé dónde está mi bebé!, ¡Ayudadme!, ¡He perdido a mi bebé! El pequeño Joseph fue finalmente rescatado, pero los médicos de la tripulación del buque humanitario “Open Arms” no lograron reanimarlo. Recientemente una madre pasó varios días en un campamento policial de Canarias mientras su hija de Mali estaba en la UCI, ambas fallecidas. Son sucesos tan dolorosos como el que recorrió el mundo en 2018 cuando el pequeño Alan, el niño sirio de tres años que falleció junto a su hermano Galip, de cinco, y su madre, Rihan, apareció muerto en la playa. 

            Un año más la APDHA, a través de su informe Derechos Humanos en la Frontera Sur 2021,  denuncia la muerte de 1.717 personas en aguas del mar intentando llegar a España, la cifra más alta desde que existen registros. Según dicha ONG “es el tributo debido a políticas migratorias criminales de la que son responsables tanto la Unión Europea como el Gobierno de España”, cuyo único norte, denuncian, es el control y rechazo de migrantes en la frontera sur. Una política migratoria desarrollada desde 1985 y que tuvo sus primeras víctimas a finales de 1988. Fueron los primeros once fallecidos, sin documentación, enterrados en el cementerio de Tarifa, donde la inscripción “inmigrante de Marruecos” puebla los nichos altos del camposanto. Desde aquel año miles de muertos llenan los cementerios del litoral andaluz.

Es inhumano que, después de más de treinta y dos años de aquella fatídica fecha, la mayoría de los recursos gubernamentales vayan destinados a la contención, represión y criminalización de las personas migrantes que huyen de la persecución, de la guerra, del hambre, de la miseria o de los desastres climáticos, intentando encontrar una vida digna. Recursos en los que se invierten centenares de millones de euros, sin olvidar la inversión millonaria de la UE en países africanos para controlar la migración, ejerciendo de gendarmes de la Unión Europea.

La situación llega a límites insospechados cuando vemos como miles de personas duermen al aire libre y a ras del suelo en los puertos, en unas condiciones insalubres, como madres indefensas son separadas de sus hijos, llegando a máximos niveles de crueldad. Lamentables sucesos que llenan de impotencia a los colectivos y personas que entregan su vida a la ayuda de estas personas necesitadas de acogida, calor, cariño y todo tipo de asistencia social y jurídica. Evidencian el absoluta abandono por parte de los Gobiernos de la UE.

Un dantesco “calvario” para crucificar a tantos inocentes. Imaginémonos por un momento que por el azar nos hubiese tocado nacer en la otra parte de la frontera, y que nuestros/as hijos/as y nietos/as viviesen ese vía crucis de la ignominia. ¿Qué pensaríamos? ¿Qué sentiríamos? ¿Qué haríamos? De momento no permitir que nuestros Gobiernos sigan explotando, empobreciendo y apuntalando a los regímenes dictatoriales de esos países.

                                                                       Córdoba, 24 de marzo de 2021

                                                                           Miguel Santiago Losada

                                                                                Profesor y escritor

 

lunes, 12 de abril de 2021

EL FARISEISMO DE LA HOMOSEXUALIDAD EN LA IGLESIA

 

Ocurrió en el vuelo de regreso de Río de Janeiro a Roma. Después de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Copacabana en julio de 2013, el papa Francisco se dirigió a los periodistas del avión y les preguntó: “¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”. Jesús de Nazaret nunca condenó la homosexualidad, fue Pablo de Tarso el que señalaría, desde su educación y formación farisaica, a los adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, borrachos, como excluidos  del  Reino de Dios (Cor 6, 10). Incluso cuando se habla de sodomitas en el AT, según algunos hermeneutas, el pecado de Sodoma fue la falta de hospitalidad con los mensajeros de Dios. No siendo un pecado sexual, sino social. La homosexualidad no es un pecado contra natura, la propia naturaleza tiene mil pruebas de ello; para el evangelio los pecados contra natura son las guerras, el hambre, la falta de un techo digno, la ausencia de vacunas y medicamentos para las enfermedades, el abandono de niños y ancianos, la vejación de las mujeres, el rechazo al migrante. El Dios padre-madre es un Dios inclusivo, abraza a todos sus hij@s, es el papaíto o la mamaíta como diría Jesús de Nazaret, que no distingue por etnias, orientación sexual, género o creencias. El programa de Jesús es la Bienaventuranzas, evaluadas en el juicio de las naciones de Mt 25, 31-46: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. ¿Desde qué supuestos evangélicos se basa la doctrina de la Iglesia para prohibir el matrimonio homosexual?

 

Veinte siglos después, en 1948, tuvo lugar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en cuyo primer artículo se afirma que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, completado  con el artículo segundo al referirse a que no debe existir distinción alguna de “raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole”. Es más, el artículo doce señala al que ose entremeterse en la “vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación”. El artículo16: 1 proclama que  “los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia” (no indica que tenga que ser exclusivamente heterosexual el matrimonio). ¿Cómo puede negar la Iglesia este derecho humano? Como plantea el teólogo José María Castillo, el Estado Vaticano “pone de manifiesto la contradicción en que vive una institución religiosa que, por boca de su autoridad suprema, exhorta a los demás al cumplimiento de los derechos humanos, al tiempo que en esa misma institución, tales derechos no se ponen en práctica (…) Los súbditos del Estado Vaticano carecen de derechos debidamente garantizados, es evidente que dentro de ese Estado no resulta posible reconocer y poner en práctica los derechos humanos”. Además la iglesia vive una gran esquizofrenia en su propio seno como describe el escritor Frédéric Martel en el libro, Sodoma, poder y escándalo en el Vaticano, que arroja luz sobre uno de los mayores secretos de nuestra época: “el Vaticano (según el autor) es una organización con predomino gay”. El papa Francisco, que llegó a leer el libro, manifestó que era “correcto”.  Solo una cosa es segura: la relación de la Iglesia Católica con la homosexualidad está marcada por contradicciones y doble moral.

Cada vez son más países los que aprueban el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿hasta cuándo la Iglesia católica estará al margen de las constituciones de los estado democráticos? ¿hasta cuándo la iglesia dejará de causar tanto sufrimiento y dolor entre los creyentes homosexuales? Incluso jerarcas católicos alzan su voz en contra de la postura oficial de la iglesia como el presidente de la Conferencia Episcopal alemana, Georg Bätzing, que dijo no sentirse “feliz” por la toma de postura de Roma en este momento. Y es que la teología romana parece haber retrocedido de nuevo a los tiempos previos al Concilio Vaticano II.

 

Córdoba, 22 de marzo de 2021                                                                                               Miguel Santiago Losada,

en nombre de las Comunidades Cristinas Populares de Andalucía