sábado, 15 de junio de 2019

LAS PALMERAS, OTRO BARRIO ES POSIBLE


Las Palmeras, barrio situado al noroeste de la ciudad, habitado por unas dos mil quinientas personas  mayoritariamente jóvenes, tuvo su origen en los años 60, al igual que el barrio de Moreras, para albergar  a la numerosa población distribuida por diferentes zonas de la ciudad sin una vivienda digna. Muchas de esas familias vivían en auténticos chozos esparcidos por la zona sur de la ciudad, como la zona del Arcángel o Miraflores, e incluso a las afueras de barrios en expansión como ocurrió en Ciudad Jardín, donde llegaron a fabricar chabolas en lo que hoy conocemos como avenida de Manolete. Fue la consecuencia del aumento de la población de la ciudad a pasos agigantados desde la posguerra debido a la emigración rural en busca de una vida mejor.

Todos estos miles de habitantes, de clases populares empobrecidas, fueron recolocados en los llamados albergues provisionales (casas, con una superficie de unos 45 metros cuadrados, prefabricadas con tableros de material prensado y tejados de planchas de uralita) construidos por el entonces Instituto Nacional de la Vivienda. Estas casas prefabricadas, pensadas para poco tiempo, no llegaron a ser sustituidas hasta 30 años después. Aquellos vecinos comenzaron a acicalar sus barrios llenando las fachadas de sus humildes casas y sus pequeños patios con flores. Recuerdo como los vecinos me contaban, a principios de los años 90 del pasado siglo, la añoranza que sentían por la convivencia de aquellos años. La mayoría de las familias estaban sustentadas por humildes trabajadores, y las drogas no habían comenzado a hacer los estragos que con el tiempo convirtieron a estos barrios en víctimas de esta terrible lacra. Muchas familias comenzaron a verse desvertebradas, cebándose la exclusión social en ellas. A partir de la década de los 80 el barrio comenzó a albergar una población condenada a engrosar el llamado Cuarto Mundo. El antropólogo Santiago Bachiller define a la exclusión social como “un concepto transversal y multifactorial, que trasciende el plano de lo económico”. Son personas que han perdido la capacidad para el ejercicio de la ciudadanía y de la participación, a lo que hay que añadir las carencias materiales, los efectos del consumo de estupefacientes, las enfermedades contagiosas, una economía sumergida basada en la venta de drogas ilegales, conllevando a problemas con la justicia e  institución penitenciaria. En aquellas décadas, por poner un ejemplo, alrededor del 70% de los presos de Córdoba procedían de los barrios que padecían un alto porcentaje de exclusión social. Mientras tanto, muchos niños iban perdiendo a sus progenitores por muertes a causa de enfermedades como el SIDA y por el consumo de drogas ilegales.

Con el tiempo esto provocó una guerra entre pobres, confrontando a los vecinos que no pertenecían a estas bolsas de exclusión con los que padecían esta terrible lacra social. Vecinos que pensaban que la policía y la justicia iban a solucionarles el problema, cuando solo ofrecen medidas paliativas. No podemos olvidar que el negocio  de las drogas sigue siendo uno de los negocios más lucrativos a nivel mundial. Todo esto ha ido provocando un deterioro urbano, un paro endémico, un aumento excepcional del fracaso escolar, una falta de referentes que eduquen en el ámbito familiar a los más pequeños o una falta de hábitos básicos para la convivencia.

Recuerdo la frase de un arquitecto, especializado en urbanismo, que me llegó a decir que un edificio se derriba y se levanta en un suspiro, mientras que un ser humano roto y desvertebrado por la exclusión social, en el caso de echarle una mano para salir del fondo del pozo, se pueden tardar años y años para recuperar su dignidad como persona. Puedo testimoniar a los largo de mis 30 años de compromiso social, que he conocido familias, jóvenes, mujeres que lo han conseguido con su esfuerzo y con la ayuda de personas y colectivos sociales. Nunca caigamos en la devastadora palabra de llamar irrecuperable a un ser humano.

¿Y qué hacer? No son simples las soluciones cuando las dimensiones y los factores que abordar son múltiples. Son muchos los estudios e informes puestos sobre la mesa. Es urgente ponerlos en marcha, pues la mayoría de la población que habita en estos barrios son gente trabajadora que sueña con vivir una vida digna, hartos de esperar.

Para empezar, el Estado tendría que generar un nuevo marco legal para las drogas lo que acabaría con muchos problemas en estas zonas. Junto a ello, y bajando a lo local, tendrían que darse diversos factores para la recuperación de estos barrios. El primero pasa por un urbanismo inclusivo. El desarrollismo urbano que han padecido las ciudades en este último medio siglo no ha favorecido la inclusión, bien al contrario, ha creado auténticos guetos urbanos, pasando de la infravivienda horizontal a la vertical. La especulación del suelo y la falta de una ley reguladora del mismo fueron las principales causas. Junto al urbanismo, la educación, la formación y el empleo. En relación a la educación  ha llegado el momento de que la consejería de educación dote a los colegios de estos barrios de profesionales dispuestos a crear proyectos educativos a corto, medio y largo plazo, profesionales no sujetos al concurso de traslados, sino vocacionados para trabajar con esta población. Por último, unas administraciones que apoyen con programas sólidos de formación y empleo (ello se traduce en presupuestos económicos), acompañen (no dificulten), y tengan como principal objetivo la inclusión de las personas más empobrecidas y excluidas; unas administraciones públicas que sean capaces de hacerse la pregunta de Pablo Neruda, en sus Versos del capitán: “¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.
                                                                  Córdoba, 9 de junio de 2019
Miguel Santiago Losada
          Profesor y activista social

                            






lunes, 3 de junio de 2019

ALCALDE, SERVIDOR DE SU PUEBLO



Hay alcaldes y alcaldesas que son despedidos o añorados con mucho cariño,  es el caso de Tierno Galván, el viejo profesor, y de Manuela Carmena en Madrid,  de Iñaki Azkuna en Bilbao o Julio Anguita en Córdoba, por mencionar algunos ediles destacados. Hay un denominador común en todos ellos, llegaron a sus respectivas alcaldías como excelentes profesionales: catedrático de universidad, jueza, médico y profesor, respectivamente. También en estas personalidades confluyen el convencimiento de sus ideas y el amor a sus ciudades.

 

Aún recuerdo el entierro multitudinario de Tierno Galván en Madrid cuando toda la ciudad se echó a la calle para despedirlo. Había conseguido darle la vuelta a Madrid como un calcetín, colocándola en el cogollo de las grandes urbes europeas. Manuela Carmena, una gran señora, ha hecho el milagro de sanear las cuentas de un Ayuntamiento atrapado por la corrupción, al mismo tiempo que ha desarrollado una política social y medioambiental sin parangón en otras ciudades. Iñaki Azkuna fue capaz de transformar Bilbao, una ciudad industrial en declive, en un centro internacional para el turismo de calidad y las artes. Julio Anguita fue un alcalde carismático que consiguió uno de los mejores resultados electorales en unas elecciones municipales, impulsor, entre otras medidas, de la participación ciudadana.

 

A todos ellos podríamos aplicarle el slogan que le han dedicado a la alcaldesa madrileña: “Carmena no pierde Madrid. Madrid ha perdido a Carmena”. Por desgracia, la deriva que ha seguido la política en estos últimos veinte años nos ha llevado a alcaldes que se van sin pena, ni gloria, y a otros que llegan con más pena que gloria. Alcaldes, concejales y otros cargos que entran en la política sin oficio ni beneficio profesional, ya que desde muy jóvenes pertenecen al aparato del partido, saltando a responsabilidades políticas sin haber ejercido un trabajo o una profesión como cualquier ciudadano. ¡Qué gran diferencia con los alcaldes citados! Por eso no nos debe extrañar los escasos resultados que cosechan para el bien de sus ciudades.

 

Andalucía, y Córdoba en particular, necesita de una gran base social, de mujeres y hombres dispuestos a remangarse por su tierra. Personas dignificadas por sus trabajos y dispuestas a dedicar unos cuantos años de su vida a la tarea pública. Mujeres y hombres que sientan a su pueblo, se identifiquen con él, y luchen por conseguir una mayor implantación de los derechos humanos, sobre todo en los sectores más excluidos de la sociedad. ¿Será posible este sueño? Lo será si nos ponemos mano a la obra desde el minuto uno, de tal modo que cuando lleguen las próximas elecciones haya equipos preparados para gobernar sus ciudades desde la base, sin protagonismos y colaborando codo con codo. Equipos humanos que previamente hayan elaborado un programa social basado en la defensa de los derechos humanos, el ecofeminismo y la cultura. Programas con medidas para el empleo, que eviten la marcha de nuestros jóvenes.

La ciudanía que cree en otra humanidad, donde la justicia social y la igualdad sean las bases de la convivencia, debemos pasar a la acción y no quedarnos en el desolador sillón de la frustración. De nada sirven las lamentaciones y las protestas sin propuestas. Nuestras ciudades no pueden estar gobernadas por partidos que no respetan los derechos humanos, la tolerancia y la diversidad, bien porque lo llevan en sus programas y acciones, bien porque de alguna manera entren a formar parte del gobierno municipal. Una de las primeras medidas que tomará el probable alcalde de Córdoba será no respetar la memoria histórica, manteniendo los nombres del régimen franquista. El gobierno municipal saliente se lo puso fácil, ya que después de un año no tuvo tiempo de cambiar el callejero propuesto para las principales vías de la ciudad. Ahora más que nunca es necesario recordar las palabras de Nelson Mandela: "La democracia exige que los derechos políticos y de las minorías se resguarden".

 

                                                                                  Córdoba, 29 de mayo de 2019

                                                                                     Miguel Santiago Losada

                                                                                          Profesor y escritor