jueves, 30 de julio de 2020

SANTA SOFÍA DE ESTAMBÚL Y LA MEZQUITA DE CÓRDOBA


Recep Tayyip Erdogan, en la visita que realizó a la Mezquita-Catedral de Córdoba en febrero de 2010, cuando era primer ministro de Turquía, elogió la medida tomada por su país de convertir Santa Sofía en museo y se mostró crítico con que el hecho de que la Mezquita siguiera teniendo culto católico en lugar de seguir el ejemplo del edificio bizantino. Erdogan acaba de darle un vuelco a la historia, priorizando en su agenda la islamización de su país. Ello, entre otras cosas, se ha traducido simbólicamente en la apertura de puertas de la basílica al culto musulmán, para que vuelvan a rezar allí las cinco oraciones diarias. Un dirigente que presumía de europeísta convencido y se definía como musulmán, turco, demócrata y dirigente de un Gobierno laico, se ha convertido al nacionalislamismo.

Europa ha sido bastante responsable al resistirse que Turquía fuese miembro de la Unión Europea, lo que ha llevado al Gobierno turco a endurecer sus posiciones, radicalizando su discurso islamista. Erdogan llegó a decir que no desean la armonía entre civilizaciones aquellos que no se hacen a la idea de ver a Turquía en la UE. Europa incorporó a los países nacionalcatolicistas de Hungría y Polonia mientras rechazaba a Turquía por tener una población mayoritariamente musulmana. Este rechazo ha supuesto que el pueblo turco padezca aún más las políticas extremistas y excluyentes de su Gobierno: no hay libertad de prensa, la información está confiscada, la justicia es una pantomima, encarcelando a los magistrados insumisos, las cárceles acumulan decenas de miles de presos políticos y han cesado a 150.000 maestros y profesores por defender la libertad y la democracia. Asimismo, están persiguiendo a todos los contrapoderes democráticos y a las empresas que no están a su favor.

 

Mientras Turquía se ve sometida a todas estas violaciones de derechos humanos, Europa mira hacia otro lado con tal de que sirva de frontera a los miles de refugiados que huyen de Oriente Medio, recompensando con miles de millones de euros al Gobierno turco por esta política criminal. Esta táctica ya fue implementada hace años con los países africanos, con Marruecos a la cabeza, para frenar el éxodo migratorio, sin importar las violaciones a los derechos humanos que provocan miles de muertes a inocentes. Europa se sigue equivocando, ya lo hizo en Irak, en Siria, en Libia…, y las consecuencias las siguen pagando millones de refugiados.

 

            Santa Sofía se ha convertido en el símbolo más contundente del retroceso ideológico del país, en vez de indagar fórmulas interculturales que iluminen al mundo de tanta ignominia. Ahora se empeñan en buscar paralelismos entre Santa Sofía y la Mezquita de Córdoba para justificar sus acciones. El ministro de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, recordó en la cadena RT que “la mezquita de Córdoba en España, construida como mezquita en el siglo VIII, fue convertida en iglesia en el siglo XIII. ¿Se usa como iglesia hoy día? Sí. ¿Está en la lista de Patrimonio de la Humanidad? Sí. Lo que importa es proteger (un monumento), no si se usa como mezquita o iglesia”. Se le olvida al ministro que ello implica cubrir, aunque sea de manera temporal, los frescos e iconos del universal arte bizantino, ya que el islam no permite el culto con tales iconografías.

            Los verdaderos paralelismos de estos dos bellos monumentos se encuentran en sus historias, sus culturas, sus religiones. Patrimonios de la humanidad representativos de los dos imperios más importantes de Europa en pleno siglo X, el Imperio Bizantino y el Califato de Córdoba. 

Santa Sofía de Estambul, desde la fecha de su inauguración en el año 360 y hasta 1453 sirvió como la catedral-patriarca de Constantinopla, excepto en el paréntesis entre 1204 y 1261 que fue reconvertida en catedral católica durante el patriarcado latino de Constantinopla, establecido por los cruzados. Tras la invasión otomana, el edificio fue transformado en mezquita por orden de Mehmet II que la denominó Mezquita de Santa Sofía (Mehmet mantuvo el nombre de Santa Sofía, no la denominó “Mezquita Aljama de Estambul, antigua basílica de Santa Sofía”, como lo hubiese hecho el obispo de Córdoba). Mantuvo esta función desde el 29 de mayo de 1453 hasta 1931, fecha en que el monumento fue secularizado por mandato del presidente de la nueva república turca  Mustafa Kemal Atatürk. El 1 de febrero de 1935 fue inaugurada como museo. Mezquita principal de Estambul durante casi 500 años, Santa Sofía sirvió como modelo para muchas otras mezquitas otomanas, como la Mezquita del Sultán Ahmed (también conocida como la Mezquita Azul de Estambul), la Mezquita Sehzade, la Mezquita de Solimán, la Mezquita Rüstem Pasha y la Mezquita Kiliç Ali Pasha. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985.

 

La Mezquita de Córdoba, declarada patrimonio de la Humanidad en 1984, fue mandada construir por Abderramán I en el año 785, siendo ampliada hasta tres veces por Abderramán II, año 833, al-Hakam II, año 962 y Almanzor, año 987, lo que la llevó a convertirse en la segunda Mezquita más grande del mundo, con casi dos hectáreas y media. En 1236 con la conquista del rey castellano Fernando III fue consagrada al culto católico. Precisamente una de las grandes diferencias entre los dos universales monumentos es la continuidad de culto, ininterrumpido en la Mezquita cordobesa, mientras que Santa Sofía dejó de tenerlo a partir de 1930. Una vez que Santa Sofía vuelve al culto musulmán puede correr los mismos riesgos que la Mezquita de Córdoba. Al igual que el nacionalislamismo puede desfigurar la historia y la dimensión artística del monumento, el nacionalcatolicismo está dañando la imagen de la Mezquita en dos sentidos, en el histórico, adulterando su verdadera historia andalusí, y abusando del espacio del templo llenándolo de obras de arte sacro, en el mejor de los casos de escaso valor, invadiendo todo el muro de la alquibla de imágenes, muebles, y otros enseres, desfigurando la zona más sagrada de la Mezquita. Incluso llegaron a colocarse los wáteres públicos en el extremo occidental del muro. La parte más noble de la alquibla, donde se encuentra el mihrab precedido de la maqsura, fue decorada con mosaicos bizantinos, enviados por el emperador bizantino Translit Konstantinos VII Porphyrogennetos al califato Omeya, y utilizados por Alhakam II en la ampliación de la Mezquita. Debido a ello, la Unesco está obligada a seguir con mucho celo todas las actuaciones que atente contra ambos monumentos, e incluso puede llegar a la retirada de la distinción de patrimonio de la humanidad si se vulneran las causas por las que fueron declarados. La Plataforma ciudadana “Mezquita-Catedral, patrimonio de tod@s” centra su compromiso en defender al monumento de cualquier atropello.

Curiosamente la Mezquita de Córdoba pudo convertirse en un monumento laico, al igual que Santa Sofía, en el siglo XX.  La primera ocasión tuvo lugar durante la República española, que aprobó la Ley de las Congregaciones (junio de 1933) por la que se nacionalizaron todos los templos de culto. El 28 de mayo de 1936, el diputado por Córdoba Antonio Jaén Morente propondría que la Mezquita se convirtiese en el mejor museo hispano-árabe del mundo. La segunda oportunidad ocurrió en 1972 cuando el dictador Franco  apoyó un proyecto que, de haber visto la luz, habría cambiado radicalmente la Mezquita de Córdoba devolviéndola a su estado originario. Un proyecto que significaba la “purificación” del monumento, consistente en trasplantar a otro lugar de la ciudad la Catedral incrustada en el corazón de la Mezquita de Córdoba durante el reinado de Carlos V. Franco llegó a contar con el apoyo económico del rey Faisal de Arabia Saudí, maravillado cuando conoció la Mezquita en 1966, cifrado en diez millones de dólares.

Los dos templos hermanos, Santa Sofía y la Mezquita, fueron admirados por 3.8 millones y 2 millones de turistas en 2019, respectivamente. Muchas personas de todos los países del mundo abogan por convertir ambos monumentos en faros de la humanidad, epicentros del diálogo, la interculturalidad, la interreligiosidad y la paz mundial. Ojalá vengan otros tiempos que hagan posible el milagro y podamos recitar los versos del magnífico poema de Ibn Arabi: 

“Hubo un tiempo,
en el que rechazaba a mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba para los peregrinos,
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el amor.
Da igual,
a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.”

                                                                                  Córdoba, 22 de julio de 2020

                                                                  Miguel Santiago Losada

                                               Profesor y miembro de la Plataforma Andalucía Viva


martes, 21 de julio de 2020

BANDERAS Y FRONTERAS


                             
         En muchas ocasiones banderas y fronteras son las dos caras de la misma moneda. Se crearon para dividir, excluir, separar, desunir…, indisponiendo a las personas que se encuentran a ambos lados de la línea divisoria. Seres humanos que incluso comparten una misma cultura, religión o etnia se ven separados por antiguos y recientes intereses económicos, políticos y religiosos al servicio de estructuras jerárquicas de poder que arrastra la humanidad desde el inicio del neolítico, la primera gran revolución sustentada en la agricultura, el sedentarismo  y el patriarcado. Incluso la religión se estableció hace diez mil años para controlar la capacidad transcendental innata en la especie humana. El dios naturaleza se fue convirtiendo en un dios hecho a imagen y semejanza del dirigente, del ostentador del poder. Y así, de esta manera, se controlaba a la población por la boca, alimento, por la conciencia, pensamiento, y por los sentimientos, religiones y códigos morales.

Poco a poco fueron surgiendo los límites entre poblados hasta convertirse en las fronteras actuales. Si a modo de ejemplo observamos el mapa de África evidenciamos cómo los límites de los diferentes países que la componen están hechos con escuadra y cartabón, formando una estructura ortogonal, similar al diseño que el urbanista y arquitecto Ildefons Cerdà configuró para el Eixample de Barcelona. África fue fragmentada por los intereses económicos y políticos de los países europeos. Un gran continente con multitud de poblaciones y una gran riqueza lingüística fue dividido por fronteras artificiales como consecuencia del reparto que hicieron los países colonizadores. Los mismos que llegaron a considerar a sus habitantes de inferior raza para poder traficar con ellos, como animales al servicio del hombre blanco. Una etnia negra que, después de muchos años, sigue gritando “no puedo respirar” a consecuencia del racismo atroz inoculado siglos atrás.

Las tierras de Oriente Medio, por seguir con los ejemplos, también fueron repartidas, como un botín, entre franceses e ingleses, una vez terminada la Primera Guerra Mundial. Millones de seres humanos compartiendo la misma etnia, lengua y cultura se vieron separados y su tierra dividida por un poder inmolador de sus costumbres y sus vidas. Sin ir más lejos, la tragedia de Palestina es una consecuencia de esos malévolos intereses.

Hoy vemos cómo en algunas plazas y calles se derriban estatuas de personajes que gobernaron fomentando el racismo y la idea de patria para beneficiar a unos pocos, a las oligarquías enriquecidas a base de tanta injusticia establecida. De ellas sabe mucho Latinoamérica, que vio cómo a lo largo del siglo XX el gran país Norteamericano intentaba, a través de golpes de estado, domesticar a sus habitantes para obtener pingües beneficios a costa de la extraordinaria materia prima que, al igual que África, posee este gran continente. Anteriormente, sus culturas y muchos millones de humanos fueron extinguidos (incas, aztecas, mayas) por la prepotencia y el desprecio del que se cree superior. Lo mismo podemos decir de los países orientales, donde sus fronteras son focos continuos de tensión, como el caso de la India con Pakistán. Los habitantes de las ciudades a ambos lados de la frontera se encuentran amenazados y atemorizados por un posible bombardeo que destruya sus viviendas y maten a sus familias. Una frontera no querida por Gandhi, que ante los conflictos ocasionados, entre otros motivos, por la secesión, hacía huelgas de hambre para alcanzar la paz.

            La vieja Europa también hizo y deshizo sus fronteras en más de una ocasión. Sus reyes, papas y emperadores se fueron repartiendo las tierras y estableciendo las fronteras, siempre sometidas a la inestabilidad por el ansia de una mayor conquista. Los habitantes del viejo continente, se mataban para expandir sus fronteras, para sobresalir como primera potencia. Para vergüenza de Europa, sus gobernantes condujeron a su población, con la misma etnia, la misma religión con matices,  la misma cultura, a dos guerras mundiales donde murieron millones de seres humanos.

            Fronteras y más fronteras, banderas y más banderas, manchadas de sangre, de olor a muerte, de fraudes y venganzas, de exclusiones y revanchas. Fronteras imaginarias, fronteras de muros de piedra, fronteras de vallas metálicas, fronteras de agua. Cuántas muertes en ellas. Y mientras unas personas mueren otras huyen con sus hijos de una muerte segura. Ayer Irak, hoy Siria, mañana… Millones de refugiados deambulan por el mundo con la esperanza de encontrar un lugar de acogida, una patria donde se le reconozcan sus derechos humanos.

            ¿Cómo hay personas víctimas de todas estas injusticias, exclusiones, iniquidades que se abrazan a esas banderas y defienden esas fronteras cegadas por un falso patriotismo? ¿Cómo se puede entender que mujeres, personas de etnia negra, personas no heterosexuales, personas de etnia gitana, gentes empobrecidas, obreros… defiendan y voten a partidos con una clara ideología fascista, racista, homófoba, misógina? Posiblemente busquen una falsa salida a su ninguneada identidad, busquen una falsa protección del mismo verdugo que los maltrata y humilla. El llamado síndrome de Estocolmo, consistente en identificarse y mostrarse comprensivo con el verdugo, violador, maltratador, explotador, puede aproximarnos a entender esta incoherente relación.   

Cuando paseo por las calles y veo banderas con crespones negros o mascarillas con la rojigualda pienso en todo ello. Banderas que enaltecen el falso patriotismo, la mentira del poder más canalla, banderas sostenidas por un sistema económico inhumano que empobrece, excluye y mata; banderas sostenidas por mensajes de odio. Ante la falsa apariencia del dolor, se esconde la gran traición a la esencia humana: la falta de justicia e igualdad, en definitiva, la ausencia de derechos humanos.

            Me gustan las fronteras naturales que puedo cruzar, una montaña o un mar. Me gustan las banderas que simbolizan a los pueblos, a la paz, al  respeto y a la diversidad. Me dan buenas energías las banderas blancas, la wiphala, la bandera arcoíris, banderas inclusivas, banderas no belicosas, de gritos de libertad. También existen las banderas enarboladas por los derechos y las libertades, como la verdiblanca, portada con orgullo y pasión en las manifestaciones del pueblo andaluz, como símbolo de reivindicación, la que vuelve tras siglos de guerra, a pedir paz y esperanza bajo el sol de la tierra andaluza, como diría Blas Infante

            En estos tiempos de Trump, Bolsonaro, de fascismos emergentes es muy necesario desenmascarar el falso discurso de la patria, basado en fronteras y banderas. Es muy necesario enseñar y concienciar sobre los símbolos para que no se conviertan en elementos diabólicos, que dividen y enfrentan, que atemorizan y esclavizan, creando una población sumisa a los intereses de los que acumulan la riqueza.

En estos momentos de la historia humana despertar la conciencia es imperativo.
 Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad (Carl Jung).

                                                                                  Córdoba, 25 de junio de 2020
                                                                                      Miguel Santiago Losada
                                                                                    Profesor y miembro de ADA