domingo, 24 de septiembre de 2017

HE TENIDO UN SUEÑO

Con todo mi cariño a las mujeres que estáis preparando la marcha de mujeres por la paz

Gandhi no fue mártir por defender un templo hindú, sino por defender a la humanidad.
El 30 de enero de 1948, cuando Gandhi se dirigía a una reunión para rezar, fue asesinado en  Nueva Delhi, a los 78 años de edad por Nathuram Godse, un radical hinduista relacionado con grupos ultraderechistas de la India. Dios estuvo en sus últimas palabras antes de morir al exclamar: “¡Hey, Rama!” (Oh Señor). Murió como vivió, acompañado de su ideal: la búsqueda de la paz.

Martin Luther King no fue asesinado en Memphis,  el 4 de abril de 1968, por defender una iglesia bautista, sino por ponerse al frente del movimiento por los derechos civiles para los afroestadounidenses, además de participar como activista en numerosas protestas contra la Guerra de Vietnam y la pobreza en general. Fue asesinado por un segregacionista blanco. Sus últimas palabras fueron dirigidas al músico Ben Branch: “Ben, prepárate para tocar «Señor, toma mi mano» en la reunión de esta noche. Tócala de la manera más hermosa”.

Isaac Rabin no fue víctima de un atentado por defender una sinagoga. Fue un antiguo guerrero que murió cantando salmos de fraternidad. Comprendió que los mártires de la paz irradian mil veces más luz que los vencedores de la guerra. Al culminar una asamblea y después de cantar «La canción de la paz»  le esperaba Yigal Amir, quien le disparó por la espalda. El asesino pertenecía a una secta fanática, denominada Organización Judía Vengadora.

Monseñor Oscar Romero no cayó mártir por defender una catedral, lo mataron unas balas militares en el Salvador el 24 de marzo de 1980 por defender los derechos humanos de su pueblo. Un día antes de su muerte, Romero hizo desde la catedral un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño, en su homilía llegó a pronunciar: En nombre de Dios (…) les suplico, les ruego, les ordeno ¡Cese la represión!”.

En Córdoba, en pleno siglo XXI, el obispo ha dicho que hay que “llegar hasta el martirio” para mantener el culto en la Catedral. Posiblemente afirmaciones como ésta le hagan pensar al papa Francisco viajar a España.

Volviendo a los que no murieron por templos de piedra sino por haber creído y trabajado por una nueva humanidad, se me antoja un sueño. Qué luz sería para el mundo una plegaria en la Mezquita-Catedral abarrotada de gentes de diversas procedencias e ideologías sintiendo las hermosas palabras del poeta y filósofo andalusí Ibn Arabi, siglo XII, a través de su poema titulado “Mi religión es el amor”: Hubo un tiempo, en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía. Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas: es un prado para las gacelas y un claustro para los monjes cristianos, templo para los ídolos y la Kaaba para los peregrinos, es recipiente para las tablas de la Torá y los versos del Corán (…).


                                                                       Córdoba, 19 de mayo de 2017
                                                                           Miguel Santiago Losada
                                                 Profesor y miembro de Comunidades Cristianas Populares


lunes, 18 de septiembre de 2017

LAS COFRADÍAS, ¿DEL PUEBLO O DEL OBISPO?

Mi buen amigo, el antropólogo Isidoro Moreno, nos recordaba lo que escribió el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales en la primavera de 1935: “los dos enemigos natos de la Semana Santa sevillana son el cardenal y el gobernador, el representante de la Iglesia y del Estado”; y añadía que “sin las hermandades no habría Semana Santa, por más que se empeñase en ello la Iglesia o los Gobiernos (…). La Semana Santa no es obra ni de los curas ni de los gobernantes, sino de los cofrades, de una organización netamente popular y de origen gremial que ha estado siempre en pugna con los poderes establecidos”.

Durante siglos las cofradías fueron organizaciones críticas y opuestas a cualquier poder que pretendiese manipularlas, ya fuese  clerical o civil. Por este motivo, las cofradías han sido vistas muy a menudo con recelo por parte de la jerarquía católica y de muchos clérigos a lo largo de la historia. A ello responde el anhelo de muchas de las cofradías de disponer de capilla y sede social propias.

Esto viene a colación de cómo se ha venido desarrollando la imposición de la nueva Carrera Oficial de la Semana Santa de Córdoba por parte del obispo en tan solo dos años. Primero, con  la carrera oficiosa del pasado año, y posteriormente, con la oficial del presente. No ha habido consenso para nada ni para nadie, imponiéndose su voluntad; ni para abrir la llamada segunda puerta de la Mezquita, ni para los vecinos, ni para comerciantes y hoteleros, ni para muchos cofrades que no ven con buenos ojos este baculazo episcopal. Pero sobre todo para miles de penitentes que no han podido acompañar a sus titulares en todo el recorrido de la Semana Santa al prohibírsele el acceso al interior del de la Mezquita-Catedral. Mujeres y hombres de nuestros barrios no ha podido realizar con sus imágenes devocionales el recorrido por la Carrera Oficial como venía siendo costumbre, sólo pudieron hacerlo los nazarenos que pagaron su papeleta de sitio. No menos grave es el carácter privado en el que se ha visto envuelto nuestro principal Monumento y todos sus alrededores, del que solo han podido disfrutar los que han pagado palcos o sillas. Todo un disparate para un espacio público y, más aún, si éste es Patrimonio de la Humanidad.

Podríamos hablar de una verdadera apropiación de nuestra  Semana Santa, debido  a la aceptación del monopolio del poder eclesiástico sobre todo lo demás.  Tal imposición se ha hecho de tal manera que muchos cofrades han interiorizado y aceptado, sin la más mínima crítica, tal disposición que pretende controlar la Semana Santa como si fuese  algo propio de la jerarquía eclesiástica, con la colaboración subalterna de las instituciones públicas.  

Tal vez sea el momento de que las cofradías reivindiquen su idiosincrasia pluridimensional, enraizada en la cultura andaluza, a través del ámbito de la religiosidad popular, que desborda lo estrictamente eclesial. Las cofradías no pueden convertirse en el empeño de ser sólo “instrumentos pastorales” sumisos a los intereses del jerarca de turno. Es un hecho constatable cómo, a pesar del crecimiento numérico y del nivel estético de las cofradías, han visto reducida su capacidad de decisión. Como consecuencia, la Semana Santa corre el riesgo de convertirse en una fiesta unidimensional, exclusiva y mercantilista, asumida sólo por una parte de la ciudadanía. Esta situación por la que atraviesa la Semana Santa debería hacernos pensar y lo que se está convirtiendo en discordia reconducirlo en oportunidad de encuentro. Ello  implicaría ver la Semana Santa como una de las grandes conmemoraciones de la ciudad, al margen de nuestras creencias o convicciones.

                                                                   Córdoba, 16 de abril de 2017
Miguel Santiago Losada

                                               Profesor y miembro de Comunidades Cristianas Populares