jueves, 28 de mayo de 2020

JULIO ANGUITA Y LA MEZQUITA



         Una buena definición para el mejor alcalde que ha tenido Córdoba en la época contemporánea sería el de un gobernante al servicio de su pueblo y de lo público. En los últimos años ha pedido incansablemente que se cumplan los derechos humanos y la Carta Magna de nuestro país para poner fin, por ejemplo, al desmantelamiento de los pilares de nuestra sociedad: la educación y la sanidad.
            A Julio también le importaba, y mucho, la historia de su tierra, de su pueblo, no en vano fue profesor en la materia. Desde un principio apostó por el reconocimiento de nuestro patrimonio, encabezado por la Mezquita de Córdoba, pidiendo formalmente a la UNESCO en 1982, en su condición de alcalde, la declaración como Patrimonio de la Humanidad. Dos años más tarde recibiría la contestación afirmativa. La prensa local, nacional e internacional se hacía eco de este gran acontecimiento para la ciudad de Córdoba. Julio se unía a través de la historia con otro gran defensor del monumento, el corregidor Luis de la Cerda, que encabezó las protestas del pueblo de Córdoba en el siglo XVI para la protección de la Mezquita.

Por aquellos años también tuvo algunos encontronazos con el Obispo de Córdoba, José Antonio Infantes, a raíz de ciertos acontecimientos ligados con el monumento y con actos relacionados con la interreligiosidad y la interculturalidad. El primero tuvo lugar con motivo del I Encuentro de Amistad Hispano-Musulmán, celebrado a comienzos de 1982, en el que cien representantes de países islámicos aprovecharon la visita a la Mezquita-Catedral para orar ante el mihrab, lo que fue considerado por el Obispo como “un atropello”. La organización del Encuentro, como respuesta, recordaba que “no era la primera vez que los musulmanes habían orado ante el mihrab de la Mezquita de Córdoba”, con anterioridad lo habían hecho bajo el episcopado de José María Cirarda Lachiondo, en 1974 y 1977. El segundo desencuentro vino motivado por la pretensión del alcalde de entregar el abandonado y ruinoso convento de Santa Clara, antigua mezquita, a la comunidad musulmana de Córdoba, lo que no vio con buenos ojos el Obispo. El Anguita tuvo que recordarle: “usted no es mi obispo pero yo si soy su alcalde”. En otras palabras quien gobierna la ciudad en democracia es el alcalde y no la autoridad religiosa o cualquier otra.
Con motivo de los fastos programados para celebrar el XII Centenario de la Mezquita, el 29 de septiembre de 1984 la Casa Real acepta la presidencia de dicha celebración. Julio Anguita quiso aprovechar la visita para la inauguración del nuevo Ayuntamiento, aledaño al Templo romano. Sin embargo, la Casa Real anuncia que el Rey vendrá a Córdoba a inaugurar los actos de la Mezquita, pero no asistirá a la inauguración del Ayuntamiento. Ante este comunicado el alcalde manifiesta que no estará presente en los actos del XII Centenario: “Esta Alcaldía sabrá estar a la altura de la dignidad de la ciudad, pase lo que pase con quien sea. Somos representantes de los intereses políticos de la ciudad; los cordobeses no nos legaron con su voto sus creencias religiosas”. A los pocos días un mensaje de la Casa Real anunciaba sine die el aplazamiento de la visita de los Reyes a Córdoba. Así era Julio, un alcalde entregado a su pueblo, no a obispos ni reyes.

En los últimos años, Julio como ciudadano responsable y cordobés comprometido con su patrimonio, participó en varias acciones encaminadas a denunciar la manipulación histórica de la Mezquita por parte del Cabildo y Obispado, junto con otros exalcaldes llegaría a escribir: “Queremos expresar nuestra profunda preocupación por la situación de la Mezquita de Córdoba, principal seña de identidad cultural de la ciudad y Patrimonio Mundial por la Unesco, cuya integridad sigue siendo injustamente lesionada con total impunidad por sus actuales administradores, que falsean intencionadamente su historia hasta el punto de eliminar su propio nombre que le da proyección universal”. También lo hizo denunciando las inmatriculaciones realizadas por la Jerarquía católica: “Expresamos nuestra profunda preocupación por la inscripción a nombre de la Iglesia Católica de la Mezquita-Catedral, Patrimonio Mundial por la Unesco y bien de incalculable valor histórico y emocional para Córdoba. Haciéndolo extensible al resto del patrimonio: “Solicitamos que se difundan la totalidad de los bienes inscritos”, responsabilizando a las Administraciones Públicas de dichas arbitrariedades.

         Ojalá, Julio, desde la otra orilla del río de la vida, nos ayudes a cambiar el rumbo de la historia, empezando por nuestra ciudad: “Córdoba es una ciudad que no ha valorado nunca lo que tiene y nunca lo ha amado” (Julio Anguita).


                                                   Córdoba, 19 de mayo de 2020

                                                        Miguel Santiago Losada
                        Portavoz de la Plataforma “Mezquita-Catedral, Patrimonio de todos/as”

miércoles, 20 de mayo de 2020

HOY POR TI, MAÑANA POR MÍ




El miedo es algo natural en el ser humano. Sin embargo, “el miedo al miedo” genera angustia, depresión, inmunodeficiencia y sometimiento a los intereses de los poderes políticos, económicos o religiosos. Sería deseable que el caso del coronavirus no se convierta en una excusa que vaya en detrimento de las libertades, uno de los riesgos más graves que puede sufrir una democracia. Por lo demás, es normal que ante lo desconocido asome la incertidumbre e intranquilidad. Es comprensible el temor a un microorganismo que invade los cuerpos humanos, los enferma y causa defunciones, como ocurre con muchos virus y bacterias que provocan diferentes tipos de enfermedades contagiosas.

Sin embargo, lo conocido, pudiendo ser más letal que el coronavirus, no provoca tanto temor, ni hace tomar tantas previsiones. El número de defunciones en España en 2018 fue de 427.721, según el INE. De ellas, 250.000 se deben a enfermedades cardiovasculares y tumorales, seguidas de las derivadas del aparato respiratorio, aproximadamente unas 50.000 en el mismo periodo. En la temporada 2017-2018 padecieron la gripe unas 800.000 personas, según el Instituto de Salud Carlos III, de las que murieron por causa de la enfermedad 15.000 personas (no llegó al 2% de los casos). Asimismo, es conveniente resaltar otras defunciones como las relacionadas con el alcoholismo, que provocó la muerte de 37.000 personas en 2016, según la revista médica británica The Lancet. Tampoco resulta nada despreciable el dato aterrador del Ministerio de Sanidad al informar del número de suicidios acaecidos el pasado año: diez personas al día.

            Estos datos estadísticos basados en análisis científicos informan de la realidad, lo que ayuda a recuperar el sentido común y la superación del “miedo al miedo”. Es normal que las personas tengan temor a contagiarse, sobre todo si son personas muy mayores o con problemas de salud. Es comprensible y encomiable que el sistema sanitario pongan todo su empeño en combatir el virus, aún en riesgo de poner en peligro la vida de sus profesionales. Es deseable poner en marcha todas las medidas adecuadas para evitar el contagio. Sin embargo, hay que estar alerta para que este estado de alarma no se convierta, a posteriori, en aceptar como habitual lo que debe ser excepcional. Debería preocupar las encuestas que salen en los medios de comunicación valorando más a la policía y al ejército que a las ONG. Debería rechinar que la policía local vaya a las casas a felicitar a los niños por sus cumpleaños. Debería extrañar la aparición diaria de generales haciendo ruedas de prensa en lugar de las autoridades civiles responsables. ¿Qué se pretende con ello? No podemos olvidar nunca que son fuerzas que sirven para reprimir, no para educar. Los niños y niñas deben aprender que en una sociedad igualitaria y justa el ejército no es un ejemplo a seguir, sino un síntoma de fracaso, que antepone el conflicto y la muerte al diálogo y la vida, al contrario de lo que ofrece la sanidad y la educación, pilares de una sociedad sana y libre.

            Esta situación también invita a caer en la cuenta de las grandes brechas existentes entre los privilegios de unas personas y las penurias de otras. Ahora que se echa de menos la calle, los paseos al sol, los parques, las terrazas donde tomarse unos aperitivos, el encuentro con los amigos y familiares, sería una oportunidad para tomar conciencia de las privacidades con las que viven la mayoría de los habitantes del planeta. Una situación que debería ayudar a ponerse en la piel de esas personas que sufren la guerra y tienen que esconderse, que sufren el miedo por ser perseguidos, por ser aniquilados. En definitiva, a conseguir un mundo más humano y más respetuoso con nuestro planeta.

Son tiempos de desarrollar una conciencia libre de ataduras que invite a volver a la calle para gritar con voz firme que  los servicios públicos, sanidad, educación y servicios sociales, no se recortan gobierne quien gobierne. Y mirando más allá de las fronteras, se ponga todo el esfuerzo para que la justicia social y la igualdad recorran transversalmente el planeta. Hoy más que nunca la situación empuja a ponerse en el lugar de los que no tienen un hospital, un centro de salud, la mínima asistencia sanitaria, agua potable, energía para calentarse, techo para cobijarse, escuela para formarse. Una conciencia que también obligue a cambiar la política migratoria suicida, que permite las muertes en el mar o  en los campos de refugiados, por una que abra la puerta a los derechos humanos en cualquier rincón del mundo.

            Posiblemente, los que vivimos acá nunca habíamos experimentado de manera tan directa cómo en cuestión de días todo puede cambiar y tornarse al revés. Me viene a la memoria las palabras que un día me dijo el abuelo Antonio, una tarde cuando era educador en la calle Torremolinos de Córdoba y jugaba con los chavales: “Hoy por ti, mañana por mí”. Frase corta, sencilla, de gran calado humano, antídoto ante la insolidaridad y la desigualdad.

                                                                                  Córdoba, 20 de abril de 2020
                                                                                     Miguel Santiago Losada
                                                                            Profesor y miembro de Andalucía Viva