lunes, 22 de febrero de 2021

DESINMATRICULACIÓN DE LA MEZQUITA ¡YA!


La grandiosa y bellísima Mezquita de Córdoba es el resultado de cuatro etapas constructivas bajo la dinastía Omeya a lo largo de dos centurias. Durante la época andalusí esta Mezquita-Aljama o de los Viernes fue el centro  de la vida religiosa y social de la capital de al-Ándalus durante quinientos años. A partir de 1236, cuando Córdoba fue conquistada por el rey Fernando III,  la Mezquita de Córdoba, convertida en la joya de la corona de Castilla, sobrevivió, no corriendo la misma suerte el resto de las mezquitas-aljamas de al-Ándalus. Hasta finales del siglo XV la Mezquita de Córdoba, a excepción de la Capilla Real, no había sufrido ningún tipo de nuevas construcciones que hubiesen afectado a su grandiosa fábrica. Según las crónicas, hasta la misma reina Isabel la Católica se negó a derribar parte de la Mezquita para construir la Catedral, siguiendo el espíritu conservacionista que habían mantenido los Trastámara a lo largo de su dinastía. Sería Carlos V quién autorizase la nueva catedral, destruyendo alrededor de 3.000 metros cuadrados en el corazón de la Mezquita, lo que provocó las iras del pueblo de Córdoba y de su Cabildo municipal, encabezado por el corregidor Luis de la Cerda.

 

La Mezquita de Córdoba fue declarada monumento nacional por el Estado en 1882, al mismo tiempo que nombró arquitectos para su restauración  y mantenimiento al encontrarse en un lamentable estado de conservación. Mientras el Estado invertía en ella, los obispos de la época se encontraban al margen de todas las decisiones, sin embargo a partir de 1906 comenzarían a cobrar dos pesetas para las visitas al monumento. Esta decisión fue denunciada por el Ayuntamiento de la época para que  el ministro de Instrucción Pública obligase al Cabildo de la Catedral a retirar la tarifa. Desde 1984 pertenece a la nómina de monumentos Patrimonio de la Humanidad, elevándola  la UNESCO a la categoría de Bien de Valor Universal Excepcional en 2014.

Desde hace más de veinte años los tres últimos obispos de Córdoba, Javier Martínez, Juan José Asenjo y Demetrio Fernández, entregados al rigorismo involucionista y reaccionario,  tomaron la decisión de promulgar la hipótesis de que en el lugar donde se levanta la Mezquita se ubicó la basílica de San Vicente, teoría nunca confirmada desde que Félix Hernández realizase  una serie de excavaciones, interrumpidas en 1936 por el golpe de Estado. En ellos subyace la intención de defender el origen cristiano del monumento y de reducir la etapa musulmana a un mero episodio anecdótico de la historia de este emblemático edificio. Los siguientes pasos serían la inmatriculación del monumento en el 2006 y usurpar su nombre (Mezquita) en 2010.

La plataforma ciudadana Mezquita-Catedral nacería con la intención de recuperar el nombre del monumento (Mezquita-Catedral), el reconocimiento jurídico de su titularidad pública, y una gestión compartida (Instituciones públicas y Cabildo Catedral), transparente y bajo la tutela de un Código de Buenas Prácticas (Plan Director). Las denuncias efectuadas por la plataforma ciudadana dieron la vuelta al mundo provocando 400.000 adhesiones a dichas reivindicaciones, entre ellas firmas tan prestigiosas como las de Antonio Gala, Josefina Molina, Eduardo Galeano, Elvira Lindo, Federico Mayor Zaragoza, Maruja Torres, Norman Fuster, Ian Gibson, Almudena Grandes, Emilio Lledó, Antonio Muñoz Molina y un sinfín de voces escandalizadas por ese monumental escarnio contra la Mezquita. Además más de cien especialistas de treinta y seis universidades todo el mundo acusaron al Obispado de “depreciar el significado del monumento” y “secuestrar su memoria”.

 

La Mezquita de Córdoba es la punta del iceberg del inmenso listado de inmatriculaciones (inconstitucionales) que acaba de hacer público el Gobierno. Ahora hay que dar el segundo y definitivo paso: desinmatricular a todos aquellos bienes que no tienen título de propiedad, como es el caso de la Mezquita de Córdoba. Hay que terminar con la primera llaga de la Iglesia que ya indicase Rosmini en 1833 (Las cinco llagas de La Iglesia): “la opción por los pobres no es el motivo central de la Iglesia católica”. Las inmatriculaciones realizadas por la Jerarquía católica debido al cambio de la Ley Hipotecaria realizada en 1998 por el Gobierno de Aznar así lo demuestran.

                                         

  Córdoba, 17 de febrero de 2021

                                                          Miguel Santiago Losada

                        Portavoz de la plataforma “Mezquita-Catedral, Patrimonio de Todos/as”

miércoles, 17 de febrero de 2021

OBISPOS CON GUADAÑA

 

La simbología de la cruz solo debería utilizarse para unir y crear fraternidad en nombre de Cristo. Sin embargo, muchas veces a lo largo de la historia se ha invocado a ella para dividir, excluir, matar, bendecir armas, abrazar a dictadores, provocar sufrimientos físicos y psíquicos, enriquecerse en nombre de lo más sagrado, etc. En definitiva, lo que debería ser un símbolo de libertad se ha manipulado y convertido en un símbolo diabólico.

Hace unos días el Ayuntamiento de Aguilar de la Frontera (Córdoba) retiró una cruz, en aplicación de la Ley de Memoria Histórica y Democrática, ya que se erigió como homenaje a los “caídos” franquistas en la Guerra Civil. Ante esta decisión, el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, declaró en tono amenazante: ¡Ojo con tocar los sentimientos religiosos (refiriéndose a la cruz)!, ¡que nadie los toque, o si los toca, que se atenga a las consecuencias! Los cristianos no somos violentos pero tomamos nota”. Este obispo sigue la pauta de los preconciliares obispos de la posguerra. Recuerda en su proceder al obispo cordobés fray Albino González Menéndez-Reigada, firmante de la “Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España”, en la que alababa hasta extremos delirantes la figura del general Franco, considerándolo “enviado de Dios”. De él, el teólogo Miret Magdalena llegaría a decir que sus enseñanzas desprendían dureza, crueldad y censura”. Las opiniones del actual obispo manifiestan las mismas actitudes: habla de “aquelarre químico de laboratorio” para referirse a la fecundación in vitro, muestra mano de hierro contra la llamada “ideología de género” y, en cambio, mano muy blanda para los delitos cometidos por pederastia; se siente muy incómodo con las mujeres que defienden la igualdad y los mismos derechos para todas las personas, y muy a gusto cuando se rodea de mujeres vírgenes consagradas a su obediencia. Demetrio Fernández es un obispo que no solo critica duramente cualquier ley que signifique un avance social, si no que incumple leyes como la de la Memoria Histórica, que habla de la eutanasia como “la matanza de los débiles”, que no permite confirmarse a una persona por ser transexual. Con esta mentalidad e ideología demuestra tener una misma sintonía con la doctrina de fray Albino, setenta y cinco años después. Fray Albino afirmaba que la democracia, según nos cuenta el profesor Guerra Palmero, rebaja “a los que son más y valen más, para ponerlos al nivel de los que valen menos (…) Ni la honradez ni la inteligencia son propiamente características de la masa, siempre retardataria e incomprensiva y fácil de sugestionar”.

El actual obispo de Córdoba también se siente afín a los partidos de extrema derecha, alegrándose públicamente de sus buenos resultados electorales. Vox y Falange Española siempre salen en su defensa. ¿Cómo actuaría en un régimen dictatorial si en plena democracia se manifiesta misógino, homófobo, amante del boato y los grandes actos solemnes, reaccionario al Concilio Vaticano II?

Demetrio Fernández, contento con no quitar la lápida en la Mezquita-Catedral de los “sacerdotes que dieron su vida en la persecución religiosa 1936-1939”, ha conseguido del Vaticano el reconocimiento del “martirio” por “odio de la fe” de 127 personas entre laicos y religiosos de la provincia de Córdoba que fueron asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939) por lo que serán beatificados. El discurso sobre los mártires, muy utilizado por el mencionado obispo, arropa su argumentario en relación a la supuesta intolerancia de las otras religiones o ideologías. Este uso propagandístico de los mártires se da de bruces con la realidad, ya que a lo largo de los siglos ha quedado demostrado que la Iglesia católica ha sido mucho más perseguidora que perseguida.

 

Indiscutiblemente y lamentablemente las 127 personas murieron víctimas del odio y de la injusticia. Ninguna persona merece morir por sus creencias religiosas o ideologías políticas, al igual que no merecieron morir en Córdoba capital por la misma causa los 4.000 fusilados durante la guerra y los 584 en la posguerra, según el historiador Francisco Moreno Gómez, estudioso de la guerra civil en Córdoba. Este profesor narra en su obra cómo la mortalidad entre las personas presas fue extrema en las dos cárceles de Córdoba. Solo en el año 1941 fallecieron allí 502 personas de las 3.500 o 4.000 que había internadas, debido a las pésimas condiciones de vida, las enfermedades y la alimentación escasa y deficiente.

Hay que hacer memoria, como aclara el profesor Arcángel Bedmar,  de que la represión franquista y la republicana durante la guerra civil no fueron iguales. Mientras en la zona franquista la violencia fue programada con antelación y alentada desde los mismos centros del poder como una política de Estado, en la zona republicana la represión no surgió de manera planificada, sino que fue consecuencia en gran medida del hundimiento del Estado y fue protagonizada por grupos de exaltados en medio del clima de descontrol del orden público que se vivió en los primeros meses de la contienda.

Resulta cuanto menos injusto seguir bendiciendo una parte de la historia, dándole las espaldas al sufrimiento, muerte y castigo de los que se mantuvieron fieles a la República, al orden constitucional establecido. La cruz no solo puede bendecir  a los curas, religiosos y seglares que murieron injustamente por tener un credo y una ideología, mientras ignora a las miles de personas que fueron asesinadas por un régimen criminal que llenó las cunetas de España de muertos. ¿Acaso puede existir una cruz que apueste por la memoria de los vencedores y olvide a los vencidos? ¿De qué cruz estamos hablando? Esa no es la cruz de Jesús de Nazaret que murió por defender la justicia, la igualdad, por defender a la gente sencilla de la tiranía, de los sacerdotes que se enriquecían con el templo, de las leyes que castigaban y agobiaban a los más débiles… ¿Pueden considerarse seguidores de Jesús de Nazaret personas, jerarcas en este caso, que alaban a dictadores, bendiciendo sus acciones, o que actualmente dividen, excluyen y amenazan al diferente?

Desgraciadamente el sistema educativo, judicial, político, militar y religioso siguen blanqueando a menudo el franquismo. Actos de este tipo siguen abriendo heridas, discriminando y dividiendo a las personas en buenos, merecedoras de la gloria, y malos,  castigadas con las llamas del infierno. ¡Qué lejos de la verdad! Seguro que desde el balcón del cielo las personas que murieron religiosas o no, con ideologías diferentes, se sienten unidas en la fraternidad universal, mandándonos al unísono la energía que nos haga luchar por un mundo libre de guerras, injusticias sociales, desigualdades de género, discriminaciones por diferente orientación sexual. Predicar lo contrario no es ser cristiano, ni musulmán, ni judío, ni budista, ni humanista, ni agnóstico… Predicar lo contrario es tomar la palabra de Dios en vano, es negarle a la vida el sentido de la existencia.

            Como cristiano me siento en sintonía con el obispo Juan José Aguirre, titular de la diócesis de Bangassou, promotor de numerosas obras de atención y promoción social en la diócesis. Aun arriesgando su vida, ha denunciado en numerosas ocasiones a través de la prensa internacional las duras condiciones a las que se enfrenta la población civil ante los numerosos ataques de la  organización terrorista y extremista cristiana “Ejército de Resistencia del Señor”, y la continua violencia a la que están sometidos los habitantes de este país por intervenciones del ejército o golpes de estado. Cristianos como él nos hacen mantener la fe en el ser humano, en otro mundo posible, alejado de rancias y machistas instituciones cuyo único dios es el poder y el dinero.

                                                                       Córdoba, 24 de enero de 2021               

                                                                            Miguel Santiago Losada

                                                           Profesor y miembro de Asamblea de Andalucía

viernes, 5 de febrero de 2021

CÓRDOBA, EN ESPERA

 

Entramos en un nuevo año y las cifras siguen siendo desfavorables para Córdoba. Si hacemos un estudio de la población (INE, 1 de enero 2020), Córdoba es la capital con más de 300.000 habitantes que menos ha crecido, con solo un 0.1%. Madrid y Barcelona se llevan el ranking con el 2.1% y 1.7%, respectivamente, seguidas por Palma de Mallorca (1.6%), Murcia (1.3%), Bilbao y Zaragoza (1%), Alicante (0.8%), Valencia y Málaga (0.7%), Sevilla (0.4%) y Las Palmas de Gran Canaria (0.3%). Si tenemos en cuenta las capitales andaluzas, excepto Cádiz y Jaén, que ha decrecido su población, el resto alcanzan mejores resultados que Córdoba. La capital almeriense crece un 1.4%, seguida por Málaga (0.7%), Granada (0.5%), Sevilla (0.4%) y Huelva (0.2%). Incluso Lucena, la población con más habitantes de la provincia, ha crecido un 0.3%.

¿Qué le pasa a Córdoba, que abarcando un área de influencia comercial cercano al millón de habitantes, considerando municipios colindantes con su provincia, no es capaz de crecer? La respuesta es meridianamente clara, arrastra desmantelamiento industrial, un paro y un empobrecimiento social de tal calibre que a duras penas puede mantenerse. Sin embargo, con datos socio-económicos parecidos a los de Córdoba vemos cómo otras capitales y ciudades con más de 100.000 habitantes en Andalucía ven aumentar el número de sus vecinos en un porcentaje muy superior al de la capital cordobesa. ¿Existe entre la población menos confianza, menos amor propio, más apatía, peores administradores públicos?

Poseemos un lugar privilegiado para las comunicaciones, tenemos una ciudad declarada por cuatro veces patrimonio de la humanidad, alcanzamos un buen nivel sanitario y universitario, contamos con uno de los municipios más extensos de todo el Estado para que puedan instalarse grandes empresas… ¿Acaso no cree la ciudadanía cordobesa en sus propias posibilidades, no valora sus potencialidades? ¿Arrastra Córdoba un cierto complejo que la inmoviliza? Un ejemplo de ello es considerar a Córdoba una ciudad pequeña, coletilla que suele utilizarse con frecuencia: “Córdoba es muy chica”. Somos la tercera capital de Andalucía y la duodécima de España en población de ocho mil municipios. Sin embargo, el calificativo chica referido a nuestra ciudad está siempre presente. Podríamos preguntarnos qué es lo verdaderamente chico, las ambiciones, las ganas de crecer, no tener unos objetivos lo suficientemente amplios como comunidad ¿Acaso está Córdoba representada en la agenda de las principales administraciones de este país acorde a su tamaño? Habría que realizar un estudio exhaustivo en los últimos veinte años de la proporcionalidad en las inversiones públicas según el número de habitantes. Es muy evidente como, por ejemplo, Sevilla y Málaga, doblando o casi doblando a la capital cordobesa en población, han recibido mucho más del doble que Córdoba en inversiones. Mientras se construían metros, tranvías, se renovaban puertos y se ampliaban aeropuertos, Córdoba no veía más que maquetas u obras a medio hacer, con unos presupuestos menos millonarios que los de las capitales hermanas.

De toda esta situación, ¿a quién pedimos responsabilidades?, ¿qué porcentaje corresponde a la ciudadanía, a las autoridades locales, a las autonómicas y estatales? Pasan los años y ni siquiera se ponen en marcha proyectos que incluso cuentan con unas buenas infraestructuras como la red ferroviaria. ¿A qué se espera para poner en marcha los cercanías en la provincia para que incluso lleguen a municipios como Peñaflor y Andújar? ¿A qué se espera para poner en valor el aeropuerto de Córdoba? Posiblemente sea la única ciudad europea con más de 300.000 habitantes que no cuente con vuelos comerciales. ¿A qué se espera para terminar las rondas cordobesas que faciliten el tráfico urbano, industrial y comercial? ¿A qué se espera para poner a Córdoba en el lugar que le corresponde por sus potencialidades, población e historia?

                                                                       Córdoba, 20 de enero de 2021

                                                                           Miguel Santiago Losada

                                                                                Profesor y escritor