miércoles, 25 de abril de 2018

ME DUELE SIRIA



A cualquier persona nacida en esta tierra andaluza debería dolerle Siria. Córdoba,
nacida en los siglos que se adentran en la protohistoria, tuvo la suerte de ser
amamantada en su “crianza” histórica por dos madres extraordinarias que la hicieron
cosmopolita y culta, colocándola en la cúspide de la historia: Roma, la capital que mimó
e hizo de Corduba una de las colonias más sobresalientes del Imperio, y Siria, la
dinastía Omeya que puso a Córdoba en el centro del mundo, "Ornamento del Mundo" y
"Perla de Occidente" en palabras de la canonesa y escritora germana Hroswita de
Gandersheim (s. X).

Desde hace siete años, una de esas madres de Córdoba está padeciendo el tormento de
una guerra que aún no ha terminado.  Siria, como madre descarnada, ha entrado en su
octavo año del conflicto bélico con una cifra de muertos cercana al medio millón y que
ha generado más de diez millones de refugiados.

Resulta evidente que Bachar al Asad, al igual que lo fue Sadan Husein, es un dictador
que oprime y reprime a su pueblo. Pero no es menos cierto que las grandes potencias del
mundo, amparadas bajo el paraguas de sus Estados democráticos y de derecho, no solo
no buscan las soluciones para las gentes de esta parte del mundo, sino que son en gran
medida causa de sus terribles problemas, generadoras de una mayor masacre y dolor
para estos pueblos empobrecidos y machacados.

Estados Unidos, Reino Unido y Francia han lanzado recientemente una ofensiva
conjunta con alrededor de 100 misiles contra posiciones de Bachar al Asad, como
represalia por un presunto ataque químico del que culpan al gobierno Sirio. Se produce
justo cuando los inspectores internacionales iban a investigar el uso de armas químicas.
¿A qué se debe la prisa? ¿No podían haber esperado al dictamen de los inspectores
internacionales? ¿Estaremos asistiendo de nuevo a la mentira de hace quince años
basada en la teoría de “las armas de destrucción masiva”? De manera repentina, a
Teresa May, a Emmanuel Macron y a Donald Trump les preocupa el pueblo sirio. Soy
de la opinión de que los sucios intereses de la economía de la guerra y de la economía
de mercado vuelven a entrar en acción. El mismo líder laborista británico ha condenado
la acción al asegurar que las "bombas no salvan vidas, no traen paz" añadiendo que el
Gobierno del Reino Unido debería ejercer un liderazgo en favor del cese al fuego en la
nación árabe, y "no tomar instrucciones de Washington".
Nuestro Gobierno, mientras tanto, no solo aplaude las acciones de los poderosos, sino
que sigue poniendo a su disposición nuestro suelo para que las bases militares
estadounidenses sigan abasteciendo de barcos y aviones de guerra sus acciones
militares. Todo un clásico.

Estos poderosos del mundo, que alardean de defender a los pueblos a base de
bombardeos, condenan al mismo tiempo a las personas solidarias que luchan a diario
por los derechos humanos. Es el caso del barco de la ONG española Proactiva Open
Arms, secuestrado en Sicilia por las autoridades italianas por ayudar a refugiados que

tratan de llegar a Europa, el caso de Helena Maleno, española, acusada por el gobierno
marroquí, tras un informe de la policía española, y cuyo delito es alertar a los servicios
de salvamento cuando las vidas de los inmigrantes corren peligro en el Estrecho.
También es el caso de Cédri Herrou, agricultor francés, acusado por ayudar a unos 200
inmigrantes a atravesar la frontera entre Francia e Italia, y de Lisbeth Zornog, escritora
danesa, acusada de haber ayudado a una familia de refugiados sirios a llegar a Suecia. Y
no puedo olvidarme del caso de los bomberos españoles, acusados de tráfico de
personas, cuando se estaban jugando sus vidas en las tareas de rescate de refugiados en
la isla de Lesbos.

¿Por qué estos gobiernos en lugar de bombardear y generar más muerte no ayudan a
todas estas personas solidarias, por qué las persiguen y las condenan? Quizás porque
ponen rostro y voz a los/as desesperados/as, porque gritan ante el mundo que los
corazones de quienes nos gobiernan están anidados por víboras y sus almas son como
sepulcros blanqueados, como dice el evangelio de Mateo en su capítulo 23. Urge una
nueva generación política y ciudadana de hombres y mujeres que apuesten por los
derechos humanos.

Córdoba, 18 de abril de 2018
Miguel Santiago Losada
Profesor

lunes, 9 de abril de 2018

PRIMAVERAS TRUNCADAS


El próximo 1 de noviembre hará 30 años del primer naufragio de jóvenes inmigrantes. Una patera con 23 inmigrantes marroquíes a bordo naufragó en la playa de Los Lances, frente a Tarifa. Cinco de ellos lograron sobrevivir, los 18 restantes murieron ahogados. Treinta años después, cualquier suceso similar no supone ninguna sorpresa. La tragedia de la inmigración se ha convertido en algo desgraciadamente cotidiano y lcalle más transitada del mundo, el Mediterráneo, en un inmenso cementerio.
Hace siete años que la primavera árabe quedó frustrada por los viles intereses económicos, políticos y religiosos. Lo que podría haberse convertido en un paso histórico de indudables beneficios para todo el mundo, se convirtió en una inmensa ratonera para millones de vidas humanas, muchas de ellas desplazadas y hacinadas en inhumanos campos de refugiados, topándose con las férreas puertas del mundo civilizado, el mismo mundo que hace quince años causó la guerra de Irak, bajo la falsa amenaza de las armas de destrucción masiva, retransmitida en directo por las televisiones de todo el mundo.
Podríamos seguir sumando dolorosos aniversarios de aniquilamiento humano. Podríamos seguir narrando cómo miles y miles de primaveras fueron truncadas de raíz como un mal que corroe la humanidad: la guerra, la explotación, el empobrecimiento, el desprecio y el fascismo provoca la destrucción de la vida y de la naturaleza.
¿Cuántas barreras tendremos que eliminar? ¿Cuántos muros tendremos que tirar? ¿Cuántas leyes tendremos que derogar? ¿Cuántas conciencias tendremos que cambiar? Las barreras, los muros, las leyes injustas y opresoras, las envenenadas conciencias que hacen malograr a la gente han matado a millones de seres humanos en estas últimas tres décadas. ¿Cuántas muertes en nombre de la mala fe? ¿Cuánto sufrimiento a causa de un capitalismo salvaje que devora los recursos de las tierras más ricas del planeta, mientras a escasos metros ve morir a niños de hambre, sed y enfermedades?
Los que estamos en esta parte del mundo tenemos una mirada miope. Se nos remueven las entrañas cuando nos tocan lo nuestro: mi hijo/a, mi familia de sangre, las personas que profesan mi misma fe, las que piensan como yo, las que enarbolan la misma bandera. Yo, yo, yo. Lo mío frente a lo otro. ¿Cuántos profetas necesitaremos para darnos cuenta de que este no es el camino de la felicidad, de la humanidad? Jesús de Nazaret o Gandhi se toparon con el muro de la religión y los mataron, andaluces como Mariana Pineda y Blas Infante se toparon con el muro de la represión y los mataron, miles de mujeres se topan con el brutal muro del machismo y las matan, Luther King y Olof Palme se toparon con el muro de la política intransigente e inhumana y los mataron…
Se me encoge el corazón con las malas hierbas que envenenan y manipulan las conciencias con políticas que dividen, empobrecen, excluyen y rechazan. Se me encoge el corazón con toda religión que condena y culpabiliza, sembrando el mundo de pequeños dioses irreconciliables que atentan contra la fraternidad universal. La religión única y verdadera es el amor con mayúscula. Que las campanas de las iglesias y las voces de los almuédanos llamen al encuentro, que los cirios encendidos de cualquier templo u hogar iluminen el camino de la humanidad, que las flores inunden de aroma cualquier rincón del mundo, que los símbolos nos conciten los mejores sentimientos.    
¡Sigamos apostando por otra humanidad!
                                                                                  Córdoba, 22 de marzo de 2018
                                                                                      Miguel Santiago Losada
                                                                                                  Profesor