NOS-OTROS
Hace seis
años escribí en este diario una dura y, a la vez, enternecedora historia
protagonizada por Rosario, una mujer viuda de Barbate que acudía cada mañana a
limpiar el nicho de Samuel, un niño congoleño ahogado en el Estrecho, al que
adoptó como nieto después de muerto. Una historia de profunda y entrañable
solidaridad.
Un ejemplo
de esas historias imprescindibles que encontramos en el ensayo Nosotros y
los otros, del pensador Tzvetan Todorov, donde analiza cómo las sociedades
han construido, a lo largo de la historia, la división entre los seres humanos.
Superar esta grieta implica dejar de lado los prejuicios personales, familiares
y sociales para reconocer la unidad primordial de la especie humana frente a la
diversidad de etnias, ideologías, culturas, religiones o lenguas.
Cada vez
más, determinados discursos políticos utilizan la estrategia del «nosotros
contra los otros» para fragmentar el voto y construir enemigos. El fenómeno
migratorio se presta especialmente a ello, deshumanizando a «los otros»:
migrantes, refugiados, personas empobrecidas que llegan de lugares y culturas
diferentes. Las redes sociales amplifican el discurso hostil. El etnocentrismo,
la xenofobia, la misoginia, la homofobia, la aporofobia… encuentran así un
terreno abonado.
Esta
división no es nueva, pero se ha agudizado. Históricamente, las comunidades han
definido su identidad por oposición: existimos «nosotros» porque existen «los
otros». Sin embargo, en el tejido social del siglo XXI, esta dinámica ha
sobredimensionado la barrera administrativa, laboral y afectiva. Al extranjero
no solo se le exige integrarse; a menudo se le impone una deuda de gratitud por
el simple hecho de habitar un suelo que no lo vio nacer, despojándolo del
derecho más básico: el de ser considerado un igual.
Maricarmen,
la anciana desahuciada en Madrid, no ha dudado en señalar a los responsables de
haberla echado de su casa: quienes hacen negocio con el derecho a la vivienda y
los gobiernos que lo permiten. No mira hacia los de abajo para culparlos de que
le roben su casa. Rechaza esa guerra interesada de los últimos contra los
penúltimos que utiliza la extrema derecha en beneficio propio. Su actitud
reivindica la inclusión de los otros para construir un único nosotros,
reclamando un derecho humano básico: un techo donde vivir con dignidad.
La
diferencia entre el humanismo y el fascismo consiste en considerar a toda la
humanidad desde la mirada de la libertad, la igualdad y la fraternidad, o desde
una mirada vertical y despreciativa que sitúa a los privilegiados por encima de
los desfavorecidos.
La
construcción del «otro», ese extraño al que se despoja de su individualidad
para colgarle la etiqueta de inmigrante o refugiado, no ocurre únicamente en
las fronteras, sino también en la mirada cotidiana de nuestras ciudades.
Mientras nos blindamos en un «nosotros» construido desde la primacía y el
miedo, la distancia con el otro se ensancha en el portal de al lado.
Quizá por
eso sigo recordando a Rosario limpiando el nicho de Samuel cada mañana. Sin
discursos ni grandes palabras, había derribado la frontera entre «nosotros» y
«los otros». Porque cuando somos capaces de mirar al otro y reconocer en él a
uno de nosotros, desaparece la distancia y comienza la verdadera humanidad.
Nos-otros:
dos palabras que solo tienen sentido cuando dejamos de mirar al otro desde
fuera y comprendemos que, en realidad, forma parte de nosotros.
Córdoba, 28
de septiembre de 2026
Miguel Santiago Losada (Profesor y escritor)
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