ALIMENTAR EL ODIO

 

Hace algún tiempo escribí que, según el discurso de la extrema derecha, 269 niños y jóvenes migrantes bastaban para empobrecer y amenazar a los siete millones de habitantes de la Comunidad de Madrid. Recordaba entonces aquel cartel difundido en el metro: “Un MENA, 4.700 euros al mes. Tu abuela, 426 euros de pensión”. Un bulo convertido en propaganda que ejemplifica el renacimiento del neofascismo: la mentira repetida hasta intentar transformarla en verdad. Aquella cifra no era el dinero que recibía cada menor, sino el coste del funcionamiento de los centros de acogida, del personal y del mantenimiento de las instalaciones. Solo una mínima parte se destinaba a actividades de ocio, como ocurre con cualquier adolescente.

En poco tiempo hemos pasado del bulo a la realidad. El Gobierno de Aragón ha retirado la gratificación semanal de 17 euros a los niños y jóvenes migrantes invocando el criterio de la “prioridad nacional”. Esa “propina”, como la ha denominado el consejero de Bienestar Social de Vox, supondrá un ahorro anual de 180.000 euros, el equivalente, afirman, al coste de siete plazas residenciales para personas mayores.

Hay que carecer de toda sensibilidad para enfrentar a niños con niños y a niños con mayores. La medida vulnera el principio de igualdad, el interés superior del menor, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el espíritu de los artículos 14 y 39 de nuestra Constitución. Es una discriminación basada en el origen y la nacionalidad que convierte a niños y jóvenes desamparados en chivos expiatorios.

No se trata de ahorrar dinero. Se trata de alimentar el prejuicio, criminalizar a quienes llegaron huyendo de la pobreza o de la violencia y establecer ciudadanos de primera y de segunda. Mientras tanto, el Partido Popular, que preside el Gobierno aragonés, se limita a justificar la decisión alegando que forma parte del pacto suscrito con Vox.

Según este partido, “los recursos públicos deben destinarse a los españoles que más lo necesitan”. Sin embargo, con mis impuestos también se financia a responsables públicos que utilizan el sufrimiento de los más vulnerables para obtener rédito político sembrando odio y xenofobia.

Conviene no minusvalorar estas actuaciones. El fascismo nunca irrumpe de golpe: avanza poco a poco, normalizando la mentira, el señalamiento del diferente y la deshumanización del adversario. Este año se cumplen noventa años del asesinato de García Lorca y Blas Infante, símbolos de una barbarie que comenzó mucho antes de los disparos, cuando el odio se hizo discurso cotidiano.

Como profesor me preocupa especialmente que una parte de la juventud acabe creyendo mensajes construidos sobre bulos y consignas simplistas, hasta asumir como normales las banderas del odio.

Recupero un viejo cuento oriental que explica mejor que cualquier tratado esta realidad. Un abuelo le dice a su nieto que en cada persona luchan dos lobos: uno egoísta y violento; el otro, generoso y compasivo. “¿Cuál vencerá?”, pregunta el niño. “Aquel al que alimentes”, responde el anciano.

Ojalá Andalucía, tierra de acogida y solidaridad, nunca alimente el lobo del odio. Porque discriminar a un niño por el lugar donde nació no solo degrada a quien lo sufre; degrada, sobre todo, a la sociedad que lo permite.

                                                                       Córdoba, 30 de julio de 2026

                                                                            Miguel Santiago Losada

                                                                                Profesor y escritor

 

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