TODO VALE
Por
ahora, va avanzando la extrema derecha. Su discurso se impone y arrastra a
buena parte de los partidos políticos europeos. Expulsar, expulsar y expulsar
parece haberse convertido en la consigna. Más controles, más muros, más fortaleza.
Mientras tanto, “el Mediterráneo y el Atlántico se convierten en cementerios
sin lápidas” para miles de personas ahogadas en la desesperada búsqueda de una
vida digna, esa dignidad a la que todo ser humano está llamado, como recordó el
papa León XIV hace apenas unas semanas.
La
última expresión de este despropósito ha sido la reunión celebrada en Bruselas
con representantes del Gobierno talibán para abordar cuestiones migratorias.
Una reunión tan incómoda que la propia Unión Europea ha evitado reconocer
oficialmente la invitación. Ante ello, el periodista afgano Waliullah Radmani,
exiliado desde la caída de Kabul en 2021, advertía: “En Afganistán no hay
espacio para las críticas ni para el pensamiento independiente y, si traes a
Bruselas a los talibanes, incluso a nivel técnico, les estás dando una especie
de impunidad y los legitimas”.
Nada
menos que veinte Estados miembros de la UE y países asociados al espacio
Schengen reclamaron estos contactos el pasado octubre. España fue una de las
excepciones, como también lo está siendo frente a las políticas de Donald Trump
o Benjamín Netanyahu. Al mismo tiempo, miles de migrantes procedentes de países
donde los derechos humanos son vulnerados de forma sistemática están siendo
regularizados. No solo por razones humanitarias, sino también porque la
economía española necesita su aportación.
La
Unión Europea justifica estos contactos alegando un incremento de los
“incidentes violentos” protagonizados por ciudadanos afganos, aunque sin
aportar datos concretos. Además, sostiene que debe darse prioridad a la
expulsión de quienes representen una amenaza para el orden público o la
seguridad nacional. La UE parece olvidar que, cuando una persona comete un
delito, con independencia de su nacionalidad, los Estados miembros cuentan con
instrumentos legales suficientes para sancionarla. ¿Qué se pretende, entonces,
con esta puesta en escena?
Resulta
difícil no advertir la contradicción. Hablamos de personas que huyeron
precisamente de la persecución, la arbitrariedad y la violencia ejercidas por
el régimen talibán. Una realidad especialmente cruel para las mujeres y las
niñas, privadas de derechos fundamentales y sometidas a una discriminación
institucionalizada. Acusarlas ahora, de manera implícita, de constituir una amenaza
colectiva revela hasta qué punto el miedo está sustituyendo a los principios.
Amnistía
Internacional ha denunciado reiteradamente la grave situación de los derechos
humanos en Afganistán, un país sumido en una profunda crisis humanitaria y con
millones de personas dependientes de la ayuda internacional.
Nada
de esto debería sorprendernos. El pasado 12 de junio comenzó a aplicarse el
nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, concebido para reforzar las
fronteras exteriores de la Unión y acelerar los procedimientos de retorno
mediante acuerdos con terceros países.
La
Unión Europea corre el riesgo de dejar de ser una de las pocas referencias
internacionales que aún sitúan los derechos humanos en el centro de su
actuación. Dicho con palabras de un creyente: “Nadie puede arrodillarse ante el
Señor y despreciar al hermano”.
Córdoba,
24 de junio de 2026
Miguel Santiago Losada
Profesor y escritor
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