BROTES VERDIBLANCOS
En los
últimos años se percibe un resurgir del orgullo andaluz. Cada vez son más
quienes reivindican su identidad histórica y cultural frente a la imagen
caricaturesca y folclorizada que durante décadas se ha proyectado sobre Andalucía.
Crece así la voluntad de mirarse desde la propia dignidad colectiva, alejándose
de tópicos y estereotipos y reivindicando una mirada propia.
Las
elecciones andaluzas del pasado 17 de mayo dejaron múltiples lecturas. Pero,
como andaluz y andalucista, me interesa especialmente el crecimiento de
Adelante Andalucía y el regreso al Parlamento andaluz de una representación
significativa del voto soberanista andaluz.
La identidad
de un pueblo no surge de la nada. Se transmite de generación en generación a
través de la lengua, las costumbres, la memoria compartida y las formas
cotidianas de entender la vida. Es esa herencia colectiva la que configura una
manera particular de estar en el mundo y de reconocerse en un territorio común:
la matria andaluza.
Hacía
décadas que el andalucismo político no obtenía unos resultados semejantes.
Tanto tiempo ha pasado que buena parte de los medios de comunicación y de la
opinión pública parecen haber olvidado que Andalucía es una nacionalidad
histórica, tal y como recoge el preámbulo del Estatuto de Autonomía aprobado en
2007.
Andalucía no
es únicamente una región administrativa ni una comunidad autónoma más. Para una
parte importante de la sociedad andaluza constituye una realidad nacional con
identidad, cultura e intereses propios. Así lo expresó el pueblo andaluz el 4
de diciembre de 1977, cuando más de un millón y medio de personas salieron a
las calles reclamando una autonomía plena. Una voluntad política que
encontraría su ratificación en el referéndum del 28 de febrero de 1980.
Durante
años, Andalucía contó con un espacio político andalucista con presencia
institucional relevante. Hubo representación propia en el Congreso de los
Diputados, una presencia destacada en el Parlamento andaluz y alcaldías en
numerosos municipios. Incluso el Parlamento de Cataluña llegó a contar con
representantes andalucistas.
Sin embargo,
el paso del tiempo y las dinámicas políticas de las últimas décadas fueron
debilitando aquella conciencia nacional. La ausencia de un currículo educativo
que incorporara de manera decidida la historia y la cultura andaluzas; una
radiotelevisión pública incapaz de consolidar una mirada propia sobre
Andalucía; y la falta de grandes medios de comunicación hechos desde Andalucía
y para Andalucía contribuyeron a diluir aquel impulso soberanista que había
marcado los años de la Transición.
Pero la raíz
seguía viva. Tras dos siglos de historia andalucista, con expresiones y etapas
diversas, comenzó a emerger un nuevo ciclo. Como había ocurrido en momentos
anteriores, el renacimiento político vino precedido por un movimiento cultural
que actuó como motor ideológico y social. La música, el cine, las artes
escénicas, el flamenco o la literatura empezaron a ofrecer nuevas formas de
narrar Andalucía desde Andalucía. A ello se sumó la conexión de buena parte del
feminismo y del ecologismo con la realidad social y territorial andaluza.
Se trata de
un andalucismo que, por las características históricas y sociales de Andalucía,
se sitúa mayoritariamente en el espacio de la izquierda. Una singularidad que
ya discernió Blas Infante hace más de un siglo. El Padre de la Patria Andaluza
logró integrar distintas corrientes del andalucismo en un mismo proyecto.
Recuperó la tradición cultural andaluza heredada del siglo XIX, la vinculó al
federalismo republicano y la dotó de un fuerte contenido social, especialmente
en relación con el problema histórico de la tierra y las desigualdades que
marcaban la sociedad andaluza. Frente a las visiones externas que reducían
Andalucía al folclore o a la marginalidad, reivindicó una nación con historia,
cultura y capacidad para protagonizar su propio destino.
Infante era
consciente de las limitaciones de la representación política andaluza en
Madrid. En el primer bienio de la Segunda República, la mayoría de los 89
diputados andaluces ignoró el cuestionario enviado para impulsar un proyecto de
autonomía semejante al que Cataluña obtendría en 1932. Sin embargo, encontró
una respuesta muy distinta en el ámbito municipal. Los ayuntamientos andaluces
apoyaron mayoritariamente el proceso autonomista que desembocaría en la
elaboración del Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Andalucía de 1933.
Una lección que sigue conservando plena actualidad: los grandes avances
andaluces han surgido históricamente desde abajo.
En 1978,
Antonio Gala reclamaba pensar Andalucía “desde aquí mismo”. Las nuevas
generaciones continúan hoy esa tarea al cantar, escribir y reinterpretar
Andalucía desde una mirada propia. Por eso, más de 400.000 votos no son un dato
menor. Tampoco lo son ocho representantes en el Parlamento andaluz,
distribuidos en seis de las ocho provincias andaluzas. Son la constatación de
que existe un espacio político andalucista vivo, con capacidad de crecimiento y
arraigo social.
Un espacio
que comparte con otras fuerzas progresistas la defensa de los servicios
públicos, el derecho a la vivienda o la construcción de una sociedad más justa.
Pero que incorpora un elemento diferencial: la convicción de que las
principales decisiones que afectan a Andalucía deben tomarse desde Andalucía y
en función de los intereses del pueblo andaluz.
Porque lo
que vuelve a abrirse paso no es únicamente una opción electoral. Lo que
reaparece es una aspiración histórica para que Andalucía tenga voz propia,
conciencia de sí misma y capacidad política para decidir su futuro.
El desafío
ahora consiste en convertir ese impulso en una fuerza social duradera. Extender
la organización por comarcas, pueblos y barrios; fortalecer la participación
democrática; y profundizar en el debate sobre la soberanía andaluza y las
causas estructurales de la dependencia económica, política y cultural que sigue
condicionando el desarrollo de Andalucía. Solo desde ese trabajo de fondo podrá
consolidarse el nuevo ciclo político andalucista que comienza a vislumbrarse.
Córdoba,
3 de junio de 2026
Miguel Santiago Losada
Profesor y escritor
ARTÍCULO PUBLICADO POR
PARADIGMA MEDIA ANDALUCÍA
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