PRIORIDAD DE VIDA FRENTE A PRIORIDAD NACIONAL

 

El portavoz de la Conferencia Episcopal Española lo resumió recientemente con claridad al criticar la política de Vox: “El prójimo no solo es el que es de mi país, de mi partido, de mi lengua ni de mi religión”. La afirmación conecta con una idea central del cristianismo. En los evangelios, Jesús de Nazaret lo expresa de forma inequívoca: “Fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35). La acogida del extranjero no aparece como un elemento secundario, sino como una exigencia moral básica. El “otro”, especialmente el vulnerable, se convierte en sujeto de dignidad y, para la tradición cristiana, en lugar de encuentro con Dios.

Este principio no es exclusivo del Nuevo Testamento. El Levítico recoge que el extranjero debe ser tratado “como a uno de vuestro pueblo” y amado “como a ti mismo” (Levítico 19,34). En la misma línea, el profeta Jeremías advierte: “No oprimáis al extranjero, al huérfano y a la viuda” (Jeremías 7,6). El mensaje es consistente: los migrantes tienen derechos y deben ser protegidos.

Frente a este enfoque, en los últimos años han proliferado relatos históricos que responden más a intereses políticos que a la investigación académica. Discursos sobre la llamada Reconquista, el Imperio o la conquista de América se presentan como verdades incuestionables, cuando en muchos casos simplifican o distorsionan el pasado. Este uso interesado de la historia, un auténtico populismo historiográfico, busca reforzar identidades excluyentes mediante mensajes breves y emocionales.

No es casual que estos relatos suelan esquivar episodios como la Guerra Civil o el franquismo, acontecimientos muy incómodos para la derecha y extrema derecha, y, en cambio, ensalcen etapas como la Edad Media o la expansión imperial. Conceptos como “Reconquista” (acuñado en el siglo XIX) o las narrativas glorificadoras de la conquista de América han sido utilizados históricamente, especialmente durante el franquismo, para construir una idea homogénea y excluyente de España: la “España una, grande y libre”.

Ante este contexto, conviene volver a los fundamentos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948, nació tras el impacto de la Segunda Guerra Mundial, marcada por millones de muertes y destrucción masiva en Europa y Asia, el Holocausto y las violaciones masivas de derechos fundamentales (torturas, esclavitud, persecución por raza, religión o ideología). Su objetivo era claro: establecer principios universales que protegieran la dignidad humana al margen de gobiernos o ideologías.

Entre esos principios destaca el artículo 13, que reconoce el derecho de toda persona a circular libremente, a salir de cualquier país, incluido el propio, y a regresar. En otras palabras, emigrar es un derecho humano.

En este debate, resuena también una idea formulada por Blas Infante: “Andalucía no tiene extranjeros”. Con esta frase, el considerado Padre de la Patria Andaluza reivindicaba una identidad abierta y mestiza, fruto de siglos de convivencia entre culturas. Un planteamiento que hoy se traduce en valores como la hospitalidad, la inclusión y el rechazo a la xenofobia.

En un momento en el que la inmigración ocupa un lugar central en el debate público, estas referencias, religiosas, históricas y jurídicas, invitan a una reflexión de fondo. También a una toma de posición. En mi caso, serán determinantes a la hora de votar en las próximas elecciones andaluzas del 17 de mayo.

                                                                                   Córdoba, 25 de abril de 2026                                                                                                                            Miguel Santiago Losada

                                                                                                       Profesor y escritor

 

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