ANDALUCÍA POR SÍ Y LA HUMANIDAD
Amanecía el
esperanzador 28 de febrero de 1980 cuando, con poco más de veinte años y el
corazón lleno de ilusión, me dirigía al barrio cordobés de Las Moreras para
formar parte de una mesa electoral. Aquel barrio, a finales de los años setenta
y principios de los ochenta del pasado siglo, estaba habitado por familias
humildes que sobrevivían en pequeñas casas “portátiles”, viviendas
“provisionales” que, paradójicamente, terminaron acogiendo a varias
generaciones.
Entre
quienes acudieron a votar, recuerdo con especial nitidez a la abuela María vestida
de luto riguroso. Tenía el pelo completamente blanco y lo llevaba recogido en
un moño impecable, como si aquel día mereciera el mayor de los respetos. Al
llegar ante la urna, el presidente de la mesa le pidió el carné de identidad.
Con gesto apesadumbrado, comprobó que lo había olvidado. Se marchó lentamente,
casi arrastrando los pies, vencida por una movilidad limitada, pero con la
contrariedad reflejada en el rostro.
Pensé que no
volvería. Sin embargo, lo mejor del día llegó poco antes de cerrar el colegio
electoral. María regresó con el carné en una mano y la papeleta en la otra.
Volvía para votar por su Andalucía, por su pueblo. Aquel gesto sencillo y
valiente, cargado de identidad y dignidad, se me quedó grabado para siempre.
La abuela
María, una mujer gitana y andaluza, era plenamente consciente de lo que estaba
en juego, entendía mejor que muchos lo que significaba gritar ¡Andaluces,
levantaos!
Ese instante
me evocó la emoción de aquel domingo 4 de diciembre de 1977, cuando, envuelto
en la blanquiverde, participé en la multitudinaria manifestación de Córdoba
para exigir al Gobierno que Andalucía fuera reconocida con los mismos derechos
que Cataluña o el País Vasco, tal y como permitía el artículo 151 de la
Constitución.
Pero el
tiempo pasó. Y lo que vino después fue una traición silenciosa. Pronto las
voces del 4 de diciembre y los votos del 28 de febrero, que reclamaban
autonomía plena y verdadero autogobierno andaluz, se fueron diluyendo por los
sucesivos Gobiernos de la Junta de Andalucía, dirigidos por partidos
centralistas, que asumieron sin fisuras el guion dictado por la Unión Europea y
por el Gobierno del Estado español. Consolidando un modelo que relegó a
Andalucía a mero espacio de ocio y turismo, a enclave estratégico de defensa y
a frontera vigilante y gendarme del Sur. Un programa político que supuso el
desmantelamiento de la ya débil estructura industrial andaluza, se normalizó el
paro y se institucionalizó la precariedad.
Aunque hubo
avances sociales y una mejora en la calidad de vida, no fueron suficientes para
un pueblo que, con anterioridad, había sido masacrado y expoliado por la
dictadura franquista, exportando mano de obra barata para alimentar el
crecimiento de otras latitudes, mientras convertía el territorio en plataforma
militar del imperialismo estadounidense, salpicándolo de bases militares,
cementerios nucleares y vertederos de residuos tóxicos.
Ya advirtió
Carlos Cano, en la última década del siglo XX, de la deriva que estaba
padeciendo Andalucía: “Hoy, veinte años después de aquel invierno de 1973,
cuando lleno de pasión escribí y canté La Verdiblanca, me encuentro otra
vez con mi pueblo, con las viejas heridas de siempre… Hoy, como decía aquella
vieja jornalera de Los Corrales: «Hoy, mi niño, hay de tó pa la boca, pero
falta alegría»”.
En 2003, el
Gobierno andaluz dio por concluida la llamada “Primera Etapa Modernizadora de
Andalucía”, una fase que buscaba superar problemas históricos: la estructura
agraria latifundista, la débil industrialización, las desigualdades sociales,
la pobreza y el analfabetismo, así como la escasez de clases medias y de una
burguesía emprendedora. Y cabe preguntarse: ¿dónde está esa Primera
Modernización de Andalucía? ¿En la disminución de las desigualdades sociales?
¿En la tasa más alta de paro del Estado? ¿En el menor gasto en educación? ¿O en
la programación de Canal Sur, que olvida la historia, la cultura y el ser del
pueblo andaluz?
En definitiva, Andalucía debía
transformar su “ser y estar” para integrarse plenamente en una “globalización” entendida
como la incorporación a la sociedad del consumo y la información, pero sin
partir de las raíces históricas, culturales y soberanas del pueblo andaluz.
La Primera
Modernización enseñó en los colegios a tocar el himno de Andalucía con una
flauta mientras se compartía un desayuno molinero; la Segunda Modernización
programa a niños y jóvenes para las nuevas tecnologías y el bilingüismo,
olvidando su historia, su cultura y su compromiso.
Aunque es
necesaria la permanente preparación para relacionarnos con el mundo, lo primero
y más sustancial que necesita Andalucía es el reconocimiento de su historia y
cultura; que su juventud formada no tenga que migrar por falta de
oportunidades; una educación pública que genere conciencia del pueblo-nación
que es Andalucía; proteger la sanidad pública y universal; una comunidad de
acogida donde nadie se sienta extranjero; una economía sostenible y no
extractivista; y un Gobierno de los andaluces y para los andaluces, no sometido
a directrices de los gobiernos de Madrid y Bruselas.
El poeta
granadino Ángel Ganivet ya lo expresó con claridad en el siglo XIX: “En España
hay dos naciones: una al Norte, España, y otra al Sur, Andalucía. Su historia (marcada
por lo mediterráneo, lo romano y lo andalusí) había dado lugar a una forma de
vida expresiva, artística y creativa. Andalucía es, en sí misma, un mundo
aparte dentro de la península Ibérica”. Ganivet fue un adelantado al afirmar
que “España no es homogénea, sino un mosaico de naciones”.
Hoy, en
pleno siglo XXI, surgen grandes preguntas: ¿Qué retos tiene por delante el
pueblo andaluz? ¿Qué andalucismo se está construyendo? Las respuestas se irán
revelando a lo largo de este siglo. Como diría el Padre de la Patria Andaluza:
“Ha llegado la hora de que Andalucía despierte y se levante para salvarse a sí
misma”.
Córdoba, 28 de febrero de 2026
Miguel Santiago Losada
Profesor y escritor
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