UNA LECCIÓN DE MEMORIA DEMOCRÁTICA
Una
de las grandes asignaturas pendientes de la educación en Andalucía es no contar
con un currículo que nos permita conocer y amar nuestra propia historia. Una
historia rica, profunda, llena de lucha, de cultura y de dignidad, que nos haga
sentirnos, a andaluzas y andaluces, un pueblo orgulloso, con el derecho y el
deber de construir su presente y decidir su futuro. Es un derecho que mis
nietos, y todos los niños y niñas de Andalucía, deben tener: aprender en el
colegio, en el instituto y en la universidad quiénes somos, de dónde venimos y
hacia dónde podemos ir si caminamos con conciencia y memoria.
Mis
nietos saben que no me gustan las armas, ni que jueguen con armas de juguete.
Las armas sirven para matar o asesinar, lo contrario a la vida. Las balas encarnan
la más terrible maldad: el fracaso de la sociedad. Matan el cariño, la
justicia, el cuidado, la igualdad, los derechos humanos, el sentirnos pueblo.
Lo contrario a las armas es soñar con un mundo en paz, donde no mueran más
niños como vosotros, ni más personas. Blas Infante fue una persona pacífica,
tolerante y dialogante, sin pretender imponer sus ideas a nadie. Por ser
profeta de la justicia, de la fraternidad y de la paz, fue perseguido hasta ser
aniquilado.
Él vivía pensando y sintiendo.
Sentía los dolores de su pueblo y reflexionaba sobre cómo solucionarlos. Blas
Infante soñaba con una sociedad andaluza y universal en la que el poder, el
dinero y el prestigio no fueran sus coordenadas. Frente al todopoderoso, el
poder del pueblo. Frente al dinero, frente a la codicia de poseer, la
distribución equitativa, la economía no excluyente, el compartir y la
solidaridad. Frente al prestigio del que se siente poderoso y rico, la
educación pública: aquella que educa en la autoestima para que no haya
desigualdades, que nos enseña lo que somos a través de nuestra historia y que
nos forma en los valores de los derechos humanos.
Blas Infante soñaba con la liberación de
los pobres. Se conmovía con las tristes lágrimas de las familias jornaleras,
por quienes luchó para que heredaran la tierra. Descubrió que en cada llanto
resuenan todos los llantos de la humanidad. Trabajó por aquellos que tienen
hambre y sed de justicia. Apostaba por una tierra trabajada por el pueblo,
denunciando que la tierra que alimenta está en manos de unos pocos.
Para Infante, Andalucía no tiene
extranjeros: todas las personas son bienvenidas. Somos fruto del mestizaje.
Hoy, el fenómeno migratorio se ha convertido en el tablero del juego político.
En cada convocatoria electoral avanza el populismo de extrema derecha, fuerzas
que niegan que “otro mundo es posible”, asustando y medrando con noticias
falsas. Como diría el padre de la Matria andaluza, la anomalía no es el
fenómeno migratorio, absolutamente natural, sino la pretensión de reprimirlo y
eliminarlo.
Concluyendo,
podemos afirmar que Blas Infante fue un bienaventurado; su vida es una
biografía de la luz. Tomó conciencia de la luz, fuente del amor, de las
entrañas, de lo mejor del ser humano. Él se mantuvo firme en sus ideas hasta el
momento de su asesinato, prueba máxima de su dignidad personal. Fue alegre, vio
la realidad y lloró sin quedarse paralizado; atravesó sus sombras y se hizo
luz.
Su
memoria sigue viva después de 89 años de su asesinato.
Córdoba,
1 de agosto de 2025
Miguel Santiago Losada
Profesor y escritor
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