jueves, 12 de septiembre de 2019

COMPANYS Y BLAS INFANTE


Córdoba posee en su centro histórico un hermoso paseo denominado Gran Capitán. En él han tenido lugar diversos acontecimientos en nuestra historia más reciente. Entre ellos, dos muy relacionados con el andalucismo histórico. Me refiero a la Asamblea Regionalista de Córdoba celebrada entre los días 23 al 25 de marzo de 1919 en el que fuese Centro Obrero Republicano de Córdoba. Tres años antes, en este mismo lugar, Blas Infante dio una conferencia sobre el “Ideal Andaluz”. Y, justo al lado del anterior, en el desaparecido Hotel Simón, Lluis Companys se dirigió desde uno de sus balcones al pueblo de Córdoba, el 22 de febrero de 1936.

Lluis Companys, Presidente de la Generalitat, llegó en automóvil a las 7.30 de la mañana a Córdoba acompañado de sus consejeros Joan Lluhí y Joan Comorera, procedentes del penal del Puerto de Santa María, lugar donde  habían sido encarcelados tras proclamar el “Estado Catalán”, dentro de la República Federal Española. Acababan de ser indultados por el nuevo Gobierno del Frente Popular. Companys y sus compañeros, mientras permanecieron presos en el Penal del Puerto, recibieron una visita de Blas Infante. Desde la amistad que sentían, don Lluis y don Blas se consideraban mutuamente hermanos. El Padre de la Patria Andaluza les ofreció todos los cuidados de los que disponía: ropa, libros y alimentos. A ambos les unía el mismo ideal federalista.

Pue bien, en su breve estancia se hospedaron en el citado hotel Simón, donde recibieron a diferentes personalidades de la ciudad cordobesa, atendieron a la prensa y, posteriormente, el Presidente catalán salió al balcón y se dirigió a los allí congregados, haciendo sus primeras declaraciones políticas tras su excarcelación, de gran repercusión estatal. En su discurso, publicado en el Diario Córdoba, pudieron escucharse sus vibrantes palabras: “Compañeros, amigos y camaradas: Supongo que después de las emociones sufridas, comprenderéis que no es fácil exponer los sentimientos que anidan en nuestros corazones (…) Habréis oído decir muchas veces algo contra los llamados revolucionarios catalanes, contra los separatistas catalanes, que no son otra cosa que hombres que llevan en sus entrañas el deseo de libertad en su tierra y el anhelo de libertad de todos los hombres y de todos los pueblos. Camaradas, estamos en momentos difíciles para la gloriosa República española, pero los hombres de izquierda y su Gobierno han puesto su responsabilidad a la altura del cumplimiento del deber (…) Estos hombres necesitan su tiempo para desarrollar la obra que España requiere. Darle esa tregua, ese margen de confianza, con el fin de que el surco dé frutos óptimos. Yo os pido que os disolváis con orden y que deis vuestra confianza al Gobierno constituido y que seáis fieles guardadores de la paz para hacer la labor que España necesita de una manera urgente. ¡Viva Andalucía!”.

El golpe fascista del 18 de julio acabaría con la vida de estos dos grandes hombres de la política, demócratas, amantes de sus pueblos y comprometidos en la construcción de un mundo más humano. Blas Infante sería fusilado el 10 de agosto de 1936 en el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona, por orden del genocida general Queipo de Llano, y LLuis Companys el 15 de octubre de 1940, en el foso de Santa Eulalia del Castillo de Montjuic.

            Hace unos meses miembros de la Asamblea de Andalucía se desplazaron a la cárcel de Lledoners para visitar a los presos políticos catalanes, rememorando la visita que 84 años antes realizó Blas Infante a Lluis Companuys en la cárcel. Al igual que hizo el Padre de la patria Andaluza, les mostraron toda la solidaridad humana, ética y política. Ojalá esta actitud y este sentimiento anide en el corazón de ambos pueblos pues tal y como decía  Blas Infante: “La única manera de fraternidad es la práctica de la tolerancia”.
                                                                                  14 de agosto de 2019
                                                                                Miguel Santiago Losada
                                                                             Profesor y miembro de ADA



miércoles, 21 de agosto de 2019

¡Cese el exterminio!


¡Cese tanta muerte en la frontera y tantas vidas ahogadas, cese tal exterminio!

Como Comunidades Cristinas Populares de Andalucía, seguidoras del Evangelio de Jesús de Nazaret, queremos manifestar nuestra indignación por la política que se está llevando a cabo con los migrantes que llegan a la UE, una política a todas luces que viola continuamente los derechos humanos de aquellas personas que quieren alcanzar una vida más digna, las personas migrantes procedentes de los pueblos más empobrecidos y ultrajados de la tierra. Se nos viene a la mente y al corazón aquellas palabras del Maestro: Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis”. (Mt 25, 41.43).

Mientras el Jefe del Estado veranea en el Palacio de Marivent en Palma de Mallorca y el Presidente del Gobierno en el Palacio de las Marismillas de Doñana, siguen las concertinas en las alambradas de las vallas de Ceuta y Melilla, cuando hace más de un año dijeron que las iban a eliminar. Mientras los altos mandatarios de nuestro país descansan en tan hermosas residencias palaciegas, la policía del país vecino se encarga de hacerles el juego sucio moliendo a palos o deportando al desierto a los migrantes que se acercan a las fronteras que limitan con el norte rico y acomodado. Mientras nuestros máximos representantes disfrutan de los mejores paisajes y estancias, muchos refugiados siguen sin la más mínima protección y con el miedo de ser devueltos a sus países con el riesgo de la muerte que ello conlleva. Ellos tiene la desvergüenza de gozar de las mejores comodidades con los impuestos pagados con el sudor de los trabajadores de España, mientras que centenares de migrantes se encuentran repartidos por los CIES de todo el país por el sólo hecho de estar indocumentados, sin haber cometido ningún acto criminal.
                                          
La política de la UE está tomando unos derroteros que la asemejan a los programas políticos de Salvini, Le Pen y Abascal. ¿Cómo podemos decir del viejo continente que es la cuna de los derechos humanos y de la democracia cuando se permite morir a personas en el mar por no estar en las aguas jurisdiccionales de los países miembros de la UE? ¿Cómo los políticos responsables de la UE sortean su responsabilidad no acogiendo en sus puertos a barcos como el Open Arms? ¿Cómo llegan a amenazar a las personas solidarias dispuestas a salvar de la muerte al herman@ con elevadas multas e incluso pena de cárcel? ¿Qué le ha pasado, señor Sánchez, de salvar al Aquarius a ignorar al Open Arms en solo un año?

Queremos y podemos alzar nuestras voces, como lo hizo Oscar Romero hace 40 años un día antes de ser asesinado: “debe prevalecer la ley del Dios del Amor. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla (…) La Iglesia, defensora de los derechos del Dios de Jesús, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación”. Posiblemente de vivir en estos tiempos viendo las políticas migratorias norteamericanas y europeas hubiese dicho: - ¡Cese tanta muerte en la frontera y tantas vidas ahogadas, cese tal exterminio!

                                                                           15 de Agosto de 2019
                                                  Comunidades Cristianas Populares de Andalucía

miércoles, 14 de agosto de 2019

DOS CORAZONES, UN OBJETIVO


Al arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, y al joven migrante Mamadou  la vida los llevó por senderos marcados por la búsqueda de los derechos humanos. El primero por defenderlos, el segundo por buscarlos desesperadamente.
Santiago Agrelo llegó a Marruecos hace doce años sin saber lo que le esperaba en el país vecino: "choqué de frente con la migración, que era algo nuevo para mí". Con el tiempo y desde la lucidez que da la realidad llegó a decir que "no es lo mismo leer el Evangelio en una catedral que en una patera. Y yo intento leerlo en la patera para siempre".
Mamadou nació en Congo hace veinte años. Al poco de nacer, su madre falleció cuando aún era un niño debido a una enfermedad cardiovascular. Antes de morir lo confió a su familia materna. Un ataque de los paramilitares acabó con la vida de su tía y de su abuelo. 
Santiago Agrelo en sus doce años de arzobispo en Tánger recuerda los testimonios de los migrantes con los que el destino le ha unido: “si alguien lee esto (se refiere a testimonios como el de Mamadou) puede sentir admiración por los migrantes, y pena y enorme vergüenza de cómo nos comportamos con ellos". 
Mamadou a punto estuvo de ser secuestrado para ser utilizado como soldado en las guerrillas que desgraciadamente operan en muchos territorios africanos. Logró escapar iniciando su periplo hacia el Magreb. Mientras tanto, monseñor Agrelo comprendía el porqué muchos jóvenes migrantes saltaban la valla o se aventuraban en la travesía de una patera. Es más, llegó a denunciar las represiones y expulsiones de la que son víctimas los migrantes, sobre todo desde el pasado verano, debido al avance de las negociaciones de España y la Unión Europea con Marruecos y cuyo objetivo es impedir que los migrantes se acerquen al norte de Marruecos. A la vez que Mamadou emprendía el duro viaje hacia el norte, Santiago Agrelo recogía heridos del monte por los golpes recibidos de las fuerzas de seguridad o por las heridas sufridas al intentar saltar la valla.
En su travesía Mamadou fue atrapado por la policía y, tras ser robado y torturado, lo dejaron marchar. Tuvo que realizar duros trabajos durante meses para poder ahorrar y así reemprender su camino. Tras más de un año de travesía llegó a Tánger donde estuvo varios meses escondido en la montaña. Ante esta montaña, monseñor Agrelo sentía una  gran impotencia por la vulnerabilidad, la indefensión y la violencia que sufren los migrantes. Mamadou pudo al fin embarcar en una patera y llegar a la Península. 
Monseñor Agrelo comentaba en una entrevista concedida a un periódico nacional, con motivo de su jubilación, que hasta que se trasladó  a Marruecos, siempre había votado a partidos conservadores porque le garantizaba tranquilidad y normalidad. Hasta que llegó a un lugar donde "los pobres están abandonados por la normalidad", percatándose de que "la normalidad no es aceptable". Él piensa que muchos cristianos no lo entienden porque no han tenido delante "al hijo, hermano, amigo que tiene hambre y está tirado".
Muchos Mamadou no llegan a la península y están muriendo a causa de un mundo injusto y asesino que les niega el derecho a la vida. Como diría monseñor Agrelo "nos hemos empeñado en pisotear un derecho fundamental, el derecho de las personas a buscarse un espacio vital en el que poder vivir con dignidad".
Quizás los ojos de Santiago Agrelo y Mamadou se cruzaron alguna vez. No hubiera sido posible si monseñor hubiese estado atareado inmatriculando mezquitas, iglesias y catedrales. No hubiera sido posible si monseñor hubiese estado en grandes actos religiosos en lugar de haber optado por el “corazón de la patera”, el de miles de africanos que han cruzado el mar. Monseñor no fue recibido por autoridades con crucifijos de plata en sus despachos. Monseñor se tuvo que enfrentar en más de una ocasión a la policía para evitar males mayores a los migrantes. Santiago Agredo y Mamadou me han enseñado que por muchas placas que retiren con el nombre de los derechos humanos para cambiarlas por nombres de fascistas, la humanidad siempre se abrirá camino. ¡Gracias por la VIDA!
Córdoba, 31 de julio de 2019
  Miguel Santiago Losada
      Profesor y escritor

jueves, 1 de agosto de 2019

EN EL CORAZÓN DE LA PATERA


Mientras asistimos al lamentable espectáculo entre los partidos políticos para conformar gobierno, personas migrantes seguirán muriéndose en el mar por ejercer el derecho a buscarse una vida digna. Mientras tales partidos se enzarzan en la defensa de sus propios intereses, liderada por el que tiene la gobernabilidad del Estado, la frontera norte-sur es y será una de las páginas más trágicas e inhumanas del siglo XXI, por donde se desangra la humanidad y se violan permanentemente los derechos humanos. Es lamentable ver como el Gobierno del PSOE amenaza con criminalizar a cualquier persona dispuesta a salvar en un naufragio a migrantes empobrecidos y desamparados. No le importa lo más mínimo mirar hacia otro lado ante la muerte de un chavalito marroquí, de tan solo 18 años, por malos tratos en un centro de menores de Almería, o de una nueva muerte en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Valencia. Estas noticias no merecen ni un minuto, ni un segundo de la atención del Gobierno y de la mayoría de los partidos políticos, ni de la mayoría de los medios de comunicación. Estas muertes son de los otros, de los del otro lado de la frontera, de los nadie, de los ningunos, los ninguneados en palabras de Galeano.
                Con una comprensible rabia humana me reconfortaban las palabras del que fuera arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo: "no es lo mismo leer el Evangelio en una catedral que en una patera. Y yo intento leerlo en la patera para siempre". A lo que podríamos añadir: no es lo mismo ejercer la política a pie de calle, donde se cuece la vida, que en los lujosos despachos de Madrid, Bruselas o Washington. Es desolador contemplar como la policía marroquí incrementó las expulsiones y las deportaciones de subsaharianos en el norte del país a golpe de talonario de la UE. Las visitas de los Reyes y del Presidente del Gobierno Pedro Sánchez han tenido su efecto en el vecino país: fortalecer la frontera sur. Ante tales hechos, cómo explica el PSOE en qué se diferencia de la política de migración con PP, Ciudadanos y Vox. El mismo Santiago Agrelo se arrepentía de haber escrito la carta de invitación al Papa "porque no sabía las consecuencias para los migrantes". Las instrucciones del Vaticano solo indicaban dirigirse a los migrantes con papeles, resultando la visita de Francisco poco favorable a las personas migrantes indocumentadas. Mientras tanto, los obispos del Sur andan enfrascados en recaudar dinero del IRPF, en sus inmatriculaciones,  en seguir adoctrinando en los colegios a base de una moral que nada tiene que ver con Jesús de Nazaret. ¡Qué tiene que ver el Evangelio con un obispo oficiando una solemne ceremonia religiosa en una Catedral! El Evangelio es la revolución que está al lado del pobre Lázaro y deja fuera al rico Epulón. El Evangelio está en el corazón de la patera y se escandaliza de políticos y religiosos que permiten por activa o pasiva tantas muertes injustas. 
            La situación está llegando a tal nivel de deshumanización que un grupo de abogados internacionales ha depositado ante la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya un escrito en el que aseguran presentar “pruebas que implican a la UE y a representantes de los Estados Miembros en la comisión de crímenes contra la humanidad”. Los Estados europeos no cumplen ni siquiera con su obligación de atender a quienes necesitan auxilio en aguas europeas. No podemos olvidar que el Estrecho es la frontera más letal del mundo. Desde enero han fallecido en sus aguas más de 500 personas.
El gobierno andaluz, cómo no podía ser de otra manera, rema en la misma dirección. A su Presidente le gustaría colaborar en la identificación y devolución "rápida y eficaz" de menores que lleguen solos en patera, idea retomada de su antecesora en el cargo Susana Díaz.

La política migratoria, si ya de por sí vulneraba los derechos humanos, ha empeorado en los últimos años. Lejos de ser una política social que dé respuestas se ha convertido en un apartheid, y en el peor de los casos, en un arma letal que arroja a miles de personas a la fosa común del Mediterráneo. Nos queda mucho camino por recorrer en la consecución de los derechos humanos. Estamos obligados a desarrollar el auxilio a quién lo necesita. Es más, deberíamos de salvar la hospitalidad como valor máximo de la convivencia. Sin el deber de socorro y de auxilio, sin la acogida y el abrazo humano dejaremos un mundo desolador a nuestras generaciones futuras.

                                                           Córdoba, 17 de julio de 2019
                                                               Miguel Santiago Losada
                                                             Profesor y miembro de ADA

martes, 23 de julio de 2019

PLAZA DE LOS DERECHOS HUMANOS


Paseaba por la Ribera cuando, al paso de un autobús de la línea 7, oí comunicar a sus pasajeros que se dirigían a la plaza de los Derechos Humanos. Me llenó de satisfacción que la plaza central de uno de los barrios obreros de Córdoba por excelencia tuviese tal denominación. El barrio ha recibido su propio Óscar o su propio Goya, hablando en argot cinematográfico, pero esta vez, en lugar de estatuillas, han sido placas con el nombre de Derechos Humanos las que lucen airosas por los cuatro costados de la plaza.

            Buen nombre para un barrio cuyos vecinos sufrieron durante la posguerra la ausencia de los Derechos Humanos, o lo que es lo mismo, vivienda digna, empleo, educación, formación, promoción de la mujer, salud. La situación de la mayoría de la población española después de la guerra era prácticamente de miseria. El régimen franquista se vio obligado a desarrollar su beneficencia a través de una serie de actuaciones al objeto de dotar de techo a miles de personas tras provocar uno de los mayores desastres en la historia de nuestro país con el sangriento golpe de Estado. Este tipo de barrios fueron construidos con la bendición de la Jerarquía católica y la ayuda de los que participaron en el Golpe de Estado y en la posterior represión, que siguió matando a miles de personas. Eran barrios que tenían serias carencias de electricidad, con las calles sin iluminar ni asfaltar y sin alcantarillado. Muchas abuelas y abuelos de los actuales vecinos vivieron en primera persona todas estas deficiencias y carencias, así como la represión franquista. La llegada de los Ayuntamientos democráticos trajo consigo un empuje urbanístico y de servicios para estas zonas de la ciudad, convirtiéndolas en espacios vecinales dignos y de una convivencia ejemplar, como ejemplares son sus habitantes.         

Como activista de los derechos humanos, tuve el honor de presidir a finales de los años noventa del pasado siglo la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, y por ello felicito a los vecinos y vecinas, por albergar en el corazón de su barrio dicha denominación que como una luz permanente ilumina el camino por donde debe transitar la humanidad.

            Para sorpresa de todos ha saltado a la prensa nacional, incluso a algunos rotativos de la internacional, que la nueva corporación municipal de Córdoba, formada por PP y Cs, pretender volver al callejero de la ciudad nombres franquistas. De todos ellos es de especial relevancia que el nombre de los Derechos Humanos vaya a ser cambiado, en un país social y democrático de derecho, por el de un franquista que participó en la represión del pueblo, incluso matando sin ningún tipo de pudor a inocentes por el solo hecho de considerarlos “rojos”.

            Ojalá este barrio de Córdoba se levante y no permita tal ignominia. Ojalá Córdoba entera se libre de esta vergonzosa situación que nos hace sonrojar para vergüenza nuestra y de  nuestros descendientes.


                                                                                  Córdoba, 1 de julio de 2019
                                                                                      Miguel Santiago Losada
                                                                                           Profesor y escritor
             

jueves, 4 de julio de 2019

RELIGIÓN ENTRE ELECCIONES


Cuando una persona   lee en una hojilla parroquial cómo se dirige el voto a formaciones políticas no sólo de derechas, sino incluso de extrema derecha, por motivos morales como el aborto, la homosexualidad, o por motivos políticos como la unidad nacional…; cuando uno ve al Obispo de la Iglesia católica de Córdoba alegrarse ante los resultados de las elecciones andaluzas del pasado diciembre y no manifiesta la misma satisfacción ante los resultados del pasado 28 de abril, uno se para  a analizar y se da cuenta de que la jerarquía católica española, en su mayoría, está anclada en un poder aliado con los sectores políticos más conservadores, poniendo todos sus medios al servicio de dichas políticas retrógradas, que en muchos casos no respetan las declaraciones sobre los derechos humanos suscritas por los Estados miembros de las Naciones Unidas.

El Estado de la Ciudad del Vaticano está entre los últimos lugares de la lista de Estados a nivel mundial en cuanto a los compromisos en defensa y promoción de los derechos humanos. Por poner algunos ejemplos no ha ratificado ninguna de las convenciones sobre la supresión de las discriminaciones basadas en la diferencia de género. Tampoco ha suscrito la convención que regula la protección de los pueblos indígenas, los derechos de los trabajadores o los derechos de las mujeres, ni ha suscrito mediante su firma las convenciones contra los genocidios, los crimines de guerra y contra la humanidad. Ni tan siquiera ha firmado los convenios que se refieren a la supresión de la esclavitud o de los trabajos forzados. Asimismo, tuvo que llegar el Papa Francisco para rechazar la pena de muerte el pasado año, después de décadas sin acatar dicha convención.

Esto conlleva un progresivo desprestigio de una religión que da la espalda, en muchos casos, a los derechos humanos. Una religión que habla de obligaciones, deberes, mandamientos, prohibiciones y censuras, que suelen ir acompañadas de amenazas que generan un sentimiento de culpa y frustración, es una religión abocada al fracaso, con lo que son cada vez menos los seguidores. Una religión no sirve cuando “no pilota sobre la base del derecho, sino de la sumisión”, como diría el teólogo José María Castillo en su libro La Iglesia y los derechos humanos, añadiendo: “mientras la Iglesia no resuelva su extraña y oscura relación con los derechos humanos, tendrá cada vez menos futuro, y se alejará cada vez más no sólo de la gente, sino también del Evangelio”. De ahí se desprende la formulación de Marcel Gauchet cuando dice en su libro La religión en la democracia que “retirarse de la religión no significa abandono de la fe religiosa, sino abandono de un mundo estructurado por la religión, donde ella dirige la forma política de las sociedades”.

Es evidente que la jerarquía católica no quiere perder el protagonismo social y político que tuvo en el “Antiguo Régimen”, viendo los derechos humanos (sobre todo los referidos a la igualdad) como una amenaza. Es la lógica que se desprende de una religión que se formula como un Estado, cuyo jefe supremo es el Papa, una autoridad vertical y autoritaria, posesionándose en el polo opuesto de la democracia.

Todo ello no debe hacernos olvidar la estrecha vinculación entre el cristianismo y los derechos humanos que, como muy bien plantea Enzesberger, tiene su núcleo en el mandamiento del amor, valor central en la tradición cristiana. Jesús de Nazaret se opuso a semejante poder aun sabiendo que se trataba del poder religioso. Él ya advirtió a sus seguidores cuando quisieron estar por encima de los demás: “no será así entre vosotros. Al contrario, el que quiera hacerse grande, ha de ser el servidor vuestro y el que quiera ser el primero, ha de ser esclavo de todos” (Mc 10,43-44). En ningún caso podían ir por la vida haciendo lo que hacían los poderes de este mundo. En definitiva, para Jesús estaba antes el derecho de las personas a la vida, a la salud y a la dignidad, que el sometimiento a la religión. Por eso Jesús afirma que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2,27).

Un Estado social, democrático, de derecho y aconfesional tiene que saber poner a la religión en el sito que le corresponde. Y si no lo hace las elecciones son una gran oportunidad para expresar, entre otras muchas cosas, el modelo de Estado que queremos.

                                                                                     Córdoba, junio de 2019
                                                                                      Miguel Santiago Losada
                                                                                    Profesor y miembro de ADA





sábado, 15 de junio de 2019

LAS PALMERAS, OTRO BARRIO ES POSIBLE


Las Palmeras, barrio situado al noroeste de la ciudad, habitado por unas dos mil quinientas personas  mayoritariamente jóvenes, tuvo su origen en los años 60, al igual que el barrio de Moreras, para albergar  a la numerosa población distribuida por diferentes zonas de la ciudad sin una vivienda digna. Muchas de esas familias vivían en auténticos chozos esparcidos por la zona sur de la ciudad, como la zona del Arcángel o Miraflores, e incluso a las afueras de barrios en expansión como ocurrió en Ciudad Jardín, donde llegaron a fabricar chabolas en lo que hoy conocemos como avenida de Manolete. Fue la consecuencia del aumento de la población de la ciudad a pasos agigantados desde la posguerra debido a la emigración rural en busca de una vida mejor.

Todos estos miles de habitantes, de clases populares empobrecidas, fueron recolocados en los llamados albergues provisionales (casas, con una superficie de unos 45 metros cuadrados, prefabricadas con tableros de material prensado y tejados de planchas de uralita) construidos por el entonces Instituto Nacional de la Vivienda. Estas casas prefabricadas, pensadas para poco tiempo, no llegaron a ser sustituidas hasta 30 años después. Aquellos vecinos comenzaron a acicalar sus barrios llenando las fachadas de sus humildes casas y sus pequeños patios con flores. Recuerdo como los vecinos me contaban, a principios de los años 90 del pasado siglo, la añoranza que sentían por la convivencia de aquellos años. La mayoría de las familias estaban sustentadas por humildes trabajadores, y las drogas no habían comenzado a hacer los estragos que con el tiempo convirtieron a estos barrios en víctimas de esta terrible lacra. Muchas familias comenzaron a verse desvertebradas, cebándose la exclusión social en ellas. A partir de la década de los 80 el barrio comenzó a albergar una población condenada a engrosar el llamado Cuarto Mundo. El antropólogo Santiago Bachiller define a la exclusión social como “un concepto transversal y multifactorial, que trasciende el plano de lo económico”. Son personas que han perdido la capacidad para el ejercicio de la ciudadanía y de la participación, a lo que hay que añadir las carencias materiales, los efectos del consumo de estupefacientes, las enfermedades contagiosas, una economía sumergida basada en la venta de drogas ilegales, conllevando a problemas con la justicia e  institución penitenciaria. En aquellas décadas, por poner un ejemplo, alrededor del 70% de los presos de Córdoba procedían de los barrios que padecían un alto porcentaje de exclusión social. Mientras tanto, muchos niños iban perdiendo a sus progenitores por muertes a causa de enfermedades como el SIDA y por el consumo de drogas ilegales.

Con el tiempo esto provocó una guerra entre pobres, confrontando a los vecinos que no pertenecían a estas bolsas de exclusión con los que padecían esta terrible lacra social. Vecinos que pensaban que la policía y la justicia iban a solucionarles el problema, cuando solo ofrecen medidas paliativas. No podemos olvidar que el negocio  de las drogas sigue siendo uno de los negocios más lucrativos a nivel mundial. Todo esto ha ido provocando un deterioro urbano, un paro endémico, un aumento excepcional del fracaso escolar, una falta de referentes que eduquen en el ámbito familiar a los más pequeños o una falta de hábitos básicos para la convivencia.

Recuerdo la frase de un arquitecto, especializado en urbanismo, que me llegó a decir que un edificio se derriba y se levanta en un suspiro, mientras que un ser humano roto y desvertebrado por la exclusión social, en el caso de echarle una mano para salir del fondo del pozo, se pueden tardar años y años para recuperar su dignidad como persona. Puedo testimoniar a los largo de mis 30 años de compromiso social, que he conocido familias, jóvenes, mujeres que lo han conseguido con su esfuerzo y con la ayuda de personas y colectivos sociales. Nunca caigamos en la devastadora palabra de llamar irrecuperable a un ser humano.

¿Y qué hacer? No son simples las soluciones cuando las dimensiones y los factores que abordar son múltiples. Son muchos los estudios e informes puestos sobre la mesa. Es urgente ponerlos en marcha, pues la mayoría de la población que habita en estos barrios son gente trabajadora que sueña con vivir una vida digna, hartos de esperar.

Para empezar, el Estado tendría que generar un nuevo marco legal para las drogas lo que acabaría con muchos problemas en estas zonas. Junto a ello, y bajando a lo local, tendrían que darse diversos factores para la recuperación de estos barrios. El primero pasa por un urbanismo inclusivo. El desarrollismo urbano que han padecido las ciudades en este último medio siglo no ha favorecido la inclusión, bien al contrario, ha creado auténticos guetos urbanos, pasando de la infravivienda horizontal a la vertical. La especulación del suelo y la falta de una ley reguladora del mismo fueron las principales causas. Junto al urbanismo, la educación, la formación y el empleo. En relación a la educación  ha llegado el momento de que la consejería de educación dote a los colegios de estos barrios de profesionales dispuestos a crear proyectos educativos a corto, medio y largo plazo, profesionales no sujetos al concurso de traslados, sino vocacionados para trabajar con esta población. Por último, unas administraciones que apoyen con programas sólidos de formación y empleo (ello se traduce en presupuestos económicos), acompañen (no dificulten), y tengan como principal objetivo la inclusión de las personas más empobrecidas y excluidas; unas administraciones públicas que sean capaces de hacerse la pregunta de Pablo Neruda, en sus Versos del capitán: “¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.
                                                                  Córdoba, 9 de junio de 2019
Miguel Santiago Losada
          Profesor y activista social